Haga la prueba, es muy sencillo, incluso para abogados entrados en edad. Entre en Google o sus similares. Busque “las mejores universidades del mundo”.
Aparecerán algunas investigaciones donde, con pocas diferencias de criterios con el método de selección y con los resultados obtenidos, presentan las mejores universidades del planeta.
Y como el desarrollo y la educación son siameses, no es de extrañar que entre las primeras diez la mayoría sean de los Estados Unidos de América, con Harvard, Berkeley y el Instituto Tecnológico de Massachusetts a la cabeza. Si descendemos algo más, habrá universidades de Europa, Australia, Japón, China, India e Israel.
Y si bajamos hasta las doscientas más destacadas, sólo veremos de nuestra América Mestiza, como nos llamó Martí, a la Universidad Autónoma de México (Unam), y en los últimos puestos. Y si abarcamos las primeras quinientas, apenas estarán la Universidad de Sao Paulo, la Universidad de Buenos Aires (UBA), la Universidad de Chile y la Universidad Federal de Río de Janeiro, en lugares nada envidiables.
Y ahora viene la pregunta del millón, que hasta cierta vergüenza me invade al hacerla: ¿Y cómo están en esos “rankings” las universidades dominicanas? Si pretendemos ser justos, debemos compararnos con nuestros iguales, pero nos limitaremos a las naciones del área, sea para simplificar, sea para acomodar las estadísticas un poco a nuestro favor, porque si nos incluimos entre los países del tercer mundo, que son tantos, podríamos sufrir una decepción, como dicen por ahí, “de impredecibles consecuencias”.
Continuemos con el simple procedimiento en la computadora. Ahora indague sobre “las mejores universidades de América Latina”. Déle a la tecla “enter”, y se encontrará con las cien primeras, que ya es una cifra aceptable para analizar, especialmente si se trata de una zona donde la educación, como se ha establecido, no es una prioridad del Estado, y para tales conclusiones basta comparar con otros continentes el porcentaje del presupuesto que destinamos a la educación, que por cruel realidad y para colmo, siempre es menor que el que realmente le damos. ¡Ay, Dios misericordioso, tampoco aparece una universidad dominicana en esas cien!
¡Caramba! Y por fin, ¿en qué lugar veremos el nombre de una de nuestras llamadas altas casas de estudios? Busqué y busqué y nada. Pero, como reconozco mis limitaciones en materia informática, apelé a un amigo experto en estas cuestiones de la Internet. Y le pedí de favor que me ayudara con la respuesta. La encontró en un santiamén.
“Oye, Pedro, no estamos entre las primeras trescientas de América ni entre las primeras dos mil del mundo”, me dijo cabizbajo, y sólo nos quedó guardar un minuto de silencio, como si hubiera muerto la patria.
Pedro Domínguez Brito es abogado
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