Parece que tienen un maleficio ancestral o tal vez sea propio de nuestra cultura política que por cansancio o por descuido mucho de lo que inicia correctamente se malogra al final del camino. Me refiero a los innegables complicados dos últimos años de nuestros períodos presidenciales.
Para nutrir este artículo, necesariamente debemos recurrir a los ejemplos, y entre más recientes mejor, que si nuestro pasado cercano resulta difícil de analizar, imaginemos lo que será con el lejano.
Obviaré, naturalmente, toda época de san J. Balaguer, que en nuestra política mundana, no os confundáis, así se le nombra a Elito de Navarrete y no al fundador del Opus Dei. Para no pecar de atrevido, como me es imposible definir el ocaso de los mandatos de este patriarca otoñal, en cuyas estaciones hubo más inviernos que veranos y muy pocas primaveras, me haré eco de lo que le expresó un astuto campesino de La Sierra al padre Dubert: “Lo gobieno dei dotoi no eran bueno ni malo, sino to lo contrario, aunque me hayan matao un sobrino poi comunita”.
Empecemos con don Antonio Guzmán, 1978-1982. Su génesis fue extraordinario. Saboreamos las libertades públicas, ya no hubo presos ni exiliados políticos, se profesionalizaron las Fuerzas Armadas y la nación respiró paz y esperanza.
Y es por estos efímeros pero trascendentales meses que este hombre noble es el real padre del nuestra incipiente democracia. Por desgracia, la otra parte de su mandato fue lamentable. Hubo mucha anarquía institucional. La muerte del presidente fue consecuencia de ello.
Luego vino Salvador Jorge Blanco, 1982-1986. Los dos primeros años se recuerdan por el orden, la humildad desde el poder y el respeto a las leyes; pero ¡oh, destino cruel y plagiador sin olvido! previo al amanecer provino el desastre, la corrupción, las pobladas, la puñalada a la solidaridad… Y ya conocemos los resultados.
Después le tocó el turno a Leonel Fernández, 1996-2000, seguido por Hipólito Mejía, 2000-2004. El escenario fue parecido al de sus antecesores. Sus respectivos partidos políticos lo sufrieron en carne propia en las urnas. La excepción fue el período presidencial de Leonel Fernández, 2004-2008. Aquí los cuatro años transcurrieron sin contratiempos mayores. Por ello triunfó con facilidad.
En estos días comienza la segunda mitad de este cuatrienio, y arranca con un gobierno cuya principal debilidad puede ser el poder que concentra, pues no tendrá excusas para el fracaso. Todo error y todo éxito dependerán, en gran medida, de Leonel y del PLD.
Así las cosas, en las manos de nuestro presidente y del partido gobernante está la responsabilidad de variar la casi constante y condenable historia de los dos últimos años de cada período gubernamental.
Pedro Domínguez Brito es abogado
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