Dicen las malas lenguas y hasta las buenas, que los dominicanos, desde hace tiempo, hemos perdido la capacidad de asombro, que no nos inquietamos con lo que nos rodea, que somos apáticos si desde arriba se trabaja o no a favor del bien común.
Afirman que nos convertimos en seres conformistas, indiferentes con lo negativo e incluso con lo positivo. Esto abarca nuestra visión del poder y de nosotros mismos.
Que desde el poder, por los siglos de los siglos, se meta la pata, y en el peor y no poco común de los casos también la mano, es asunto que pasa sin pena ni gloria, pues las sanciones jerárquicas y ciudadanas se encuentran, precisamente en ese momento, de vacaciones.
Y recordemos que las sanciones ciudadanas empujan a la otra, y si no son efectivas, contundentes y constantes, los brazos del poder se cruzan y se congelan.
Otros expresan que el problema es más profundo, que no es de docilidad o de “amemamiento” como diría mi abuela, que es de masoquismo, dizque porque nos gusta sufrir, que reímos si nos maltratan, que lloramos cuando debemos cantar (y viceversa), que nuestra autoestima se esfumó. Aquí, por ejemplo, reconociendo que hemos avanzado, agradecemos a la autoridad que no viola a la franca nuestros derechos, como si nos hiciera un favor respetarlos aunque sea un poquito; también felicitamos efusivamente al funcionario que cumple su deber, como si fuese cosa extraordinaria.
Algunos más osados nos califican de miedosos, de que tememos exigir con gallardía y entusiasmo lo que en justicia nos corresponde. Dicen que ya no peleamos ni siquiera por nosotros, por lo que carecemos de ánimo para hacerlo por los demás. ¿O será acaso que nos convertimos en individualistas a carta cabal, y que no nos importa el futuro de la patria? ¿Es que estamos viviendo en un sálvese quien pueda? ¡Ay!
Reflexiones duras que salen del alma, como un desahogo en días de estremecimiento social, de vanidades pueriles, de héroes y heroínas sin valores, especialmente por las heroínas que pierden su encanto cuando se transforman en polvo.
Con este panorama desalentador por todos los lados, el optimismo y la esperanza pierden fuerza y apenas algunos tratan de destacarse alarmando a una sociedad que ni a machetazos se altera, y dicen dizque caerán santos cuando hablen los últimos encarcelados, y dicen dizque temblará la tierra cuando se conozca una verdad que nadie sabe, pero que imagina con más fantasía que realidad, o al revés.
Por suerte o por desagracia desde siempre sólo la naturaleza ha logrado que tiemble la tierra dominicana, porque si dependiera de los humanos, nunca pasara nada.
Pedro Domínguez Brito es abogado
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