Las casualidades aumentan en la medida que vivimos con mayor intensidad, pues demasiados escenarios se presentan en la cotidianidad y no es de extrañar que algunos actores de teatros lejanos o dispares, sin premeditación aparente, se encuentren y se abracen en un momento dado o se confundan en uno solo.
A quien le sucede, se asombra dependiendo del grado de intensidad del hecho imprevisto, lo que a la vez permite que merezca o no ser contado. Por el contrario, en los seres amorfos ni las insulsas chepas se dan, y de ocurrir, los incoloros no se percatan de ellas, que en el fondo es lo mismo.
Aunque, naturalmente, carezco del femenino don de atender a dos asuntos al mismo tiempo, cuando de coincidencias se trata, las atrapo con masculinidad irrefutable, especialmente si son jocosas, que aborrezco eso de que dos cuestiones negativas se me aparezcan sin ser invitadas, como “paracaídas” en fiesta de bodas de plata.
Luego de este preámbulo para algunos tedioso o innecesario, inicio estableciendo que mientras leía “Todos los nombres” de Saramago, el televisor de mi hogar estaba encendido, una costumbre muy dominicana esa de tener un alborotado programa de la pantalla chica como fondo mientras hacemos otra cosa, que tal vez aquí radique la causa de lo poco que nos concentramos en nuestros oficios.
Empezaba a saborear el párrafo que decía: “La fama, ay de nosotros, es un aire que tanto viene como va, es una grímpola que tanto gira al norte como al sur…”. Y ahí mismo me interrumpió una voz que brotaba del electrodoméstico, y preguntaba con aire coqueto: “Oye, ¿quieres ser famoso?”. Inmediatamente cerré el libro inconcientemente, quizás pensando que aquello podía ser una extraña continuación de mi lectura.
“Visítanos y no te arrepentirás, que serás la atracción del país, el modelo de éxito que todos seguirán”, expresaba el locutor.
Como por arte de magia, medité sobre la condición humana, con nuestras individuales ambiciones y absurdos sueños de grandeza, olvidando que lo importante es el prójimo, porque toda vanidad no es más que humos en la cabeza, y el humo es una mezcla de gases, que desaparece en poco tiempo, dejando apenas como rastro un olor desagradable, y que, en el peor de los casos, intoxica de por vida a quien, extasiado, se lo inyecta en el cerebro al compás de los aplausos de los aduladores.
Y continué con Saramago, que reflexionaba: “… y de la misma manera que una persona pasa del anonimato a la celebridad sin percibir por qué, tampoco es infrecuente que después de haberse pavoneado ante entusiasta favor público acabe sin saber cómo se llama”.
Pedro Domínguez Brito es abogado
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