Una vez leí que después de cierta edad cada persona es responsable de su rostro. Las líneas de la cara, la mirada, la sonrisa, su conjunto…, en fin, siempre hay “un algo” que nos informa o nos alerta sobre ese alguien, que nos provoca repulsa o nos hace sentir bien, que nos inclina a tenerle confianza en un santiamén o a huir de ese individuo. Parece magia, quizás algo innato.
Esas primeras impresiones pocas veces fallan. Incluso, esto puede incluir a los niños y a los jóvenes, donde en ocasiones nuestra intuición nos dice cómo será el comportamiento del futuro hombre o mujer, y el tiempo nos da la razón.
Creo que la bondad ajena es contagiosa, “se pega” dirían en mi campo, despeja nuestra razón y modera nuestros impulsos, nos hace libres, nos inunda de paz, serena nuestros latidos, lo que conlleva que nuestra mente esté lúcida al extremo, hasta el grado que puede sobrepasar nuestras limitaciones, como nos sucede en momentos de peligro, que sacamos fuerzas físicas insospechadas para salvarnos.
Imagino que aquellos que vivían al lado de un Gandhi o de una Madre Teresa de Calcuta no podían alimentar o promover la mezquindad, aunque quisieran o en el fondo fueran crueles.
Un corazón noble limita y atrofia toda maldad que le rodea, quienes están cerca se sienten extraños si piensan actuar mal, y los honrados se encuentran motivados para hacer lo correcto.
No hay mejor ejemplo jerárquico que la integridad, no importa que sea el conserje o el ministro, quien la practica será el más respetado del grupo, posiblemente lo sea en silencio, porque no todos nos atrevemos a valorar públicamente la seriedad como una de las principales virtudes humanas.
Si somos sanos, en los encuentros nos acercaremos a los que nos inspiren transparencia en su faz, y en ese entorno nos sentiremos cómodos, como si fuéramos amigos de antaño.
Y si resulta agradable compartir en ese ambiente, también lo es escribirle a una persona buena.
Las ideas nos llegan fluidamente, nuestros dedos acarician el teclado con naturalidad, como si alguien de voz angelical nos dictara. Y cuando concluimos un párrafo, no tenemos que revisarlo, pues lo consideramos intocable, perfecto, a nuestro modo de ver. Que el lector opine distinto es otra cosa.
Este artículo fue inspirado en un hombre bueno que acaba de morir en Santiago: don Miguel Burgos. Y como supondrán, lo escribí de corrido.
Pedro Domínguez Brito es abogado
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