Jueves, 24 de mayo de 2012 | 4:43 am

El ventrílocuo del montículo

Miércoles 26 de Mayo de 2010 Pedro Domínguez Brito
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Vivíamos en la misma calle de un Santiago ahora ensangrentado por el dolor su muerte. En el frente de su casa, al inicio del sendero, hay un pequeño triángulo con un gigante Pato Donald de yeso.

Ahí lo ví por primera vez fuera del terreno de juego, con una manguera en la cabeza, bañándose con jabón de cuaba, utilizando unos pantalones cortos de un kaki desteñido y mal cortado, disfrutando como nadie ese momento que tal vez le recordaba su infancia.

Al observarlo, sentí una envidia sana, y con mi mirada le pedí que me invitara, que yo también quería refrescar mi niñez en Tamboril, pero José Lima estaba concentrado en la pequeña cascada que recorría su rostro y sólo su alegría lo acompañaría.

Confieso que duré varios minutos pensando sobre ese episodio. Y lo combiné con el Lima en el Estadio Cibao, que hacía vibrar a la fanaticada, pero lo que más me impresionaba era que lograba hacer hablar al montículo, el cual tomaba vida con él, como si Lima fuera su amo, su ventrílocuo, “anda y canta”, parecía ordenarle, y el montículo accedía.

Admiraba a Lima, porque asumía su profesión con amor, con ganas. 

Cuando uno está aburrido con lo que hace, no triunfa, no avanza, vive amargado. “Sólo el amor convierte en milagro al barro”, dijo el poeta.

Además, nuestro protagonista era original, se diferencia de los otros, y nos hacía disfrutar a todos.

Lima no fue del montón. Y cuando alguien así nos deja, el vacío se nota mucho.

Lima será irrepetible, porque dejó huellas distintas a las del ciudadano común; porque hizo historia en su labor, tanto por el fondo (calidad) como por la forma (personalidad atractiva).

Por ello, me dolió su paso a la eternidad. El béisbol dominicano perdió a su más carismático jugador dentro y fuera del play. 

El espectáculo deportivo queda herido con la partida de uno de sus actores fundamentales. Hay que ver la tristeza que se siente, principalmente en Santiago, por este lamentable hecho.

“El Mambo”, como le llamaban, murió en Los Angeles y será sepultado en la tierra de las Aguilas Cibaeñas, a la que se entregó en cuerpo y alma.

No me cabe dudas de que el entierro de José Lima será una de las más extraordinarias muestras de cariño y admiración que nuestro pueblo le haya dado a alguien. Paz a los restos de este gran deportista.
Pedro Domínguez Brito es abogado

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