“Uno es lo que lee”, me decía constantemente, con su andar rápido, su mente en ebullición y su bondad contagiosa.
“Siempre se puede hacer más”, repetía cuando hacía una obra religiosa, social o intelectual.
Era el padre Dubert, uno de esos seres privilegiados por el Señor para ser su vocero, su muestra de que existe y de que se preocupa y ocupa por nosotros. Español de origen, dominicano de alma. Vivió sus últimos 30 años en la ciudad de Santiago, luego de entregarse olvidándose de sí durante más una década en Loma de Cabrera y Dajabón.
Este magnífico jesuita fue pródigo escritor (escribía todos los días), devorador de libros (leía un promedio de dos por semana), organizador extraordinario de personas y grupos, honrado como el que más, inteligente como un sabio, noble como un santo, laborioso como la abeja, emprendedor para hacer lo correcto, forjador de esperanzas.
Su corazón latía pensando y actuando a favor de los más necesitados.
No olvido que nos hacía repetir a los muchachos del barrio: “No vivimos para ser servidos, sino para servir”.
Era época de campamentos, de concentrarnos en los que menos podían, de alegría sana, de lectura, de práctica de oratoria, de amor por la naturaleza, de escuchar la voz del río y el canto del viento…
Sin Dubert quizás muchos niños y jóvenes de Santiago y del Cibao, ya adultos, no se hubieran destacado para bien. Su presencia entre nosotros fue una guía espiritual, un símbolo de trabajo, un referente de solidaridad, un modelo de educación integral y de motivación para ser cada día mejores.
Recientemente participé en un emotivo acto donde una de las avenidas principales del sector Jardines Metropolitanos de Santiago recibía el nombre de “Padre Ramón Dubert”, gracias a una feliz iniciativa legislativa del diputado Ángel Acosta, la cual fue asumida con alegría por el Ayuntamiento de Santiago y por la comunidad, especialmente la católica.
Esta avenida bordea al Politécnico Femenino Nuestra Señora de Las Mercedes, en cuya iglesia Dubert ofrecía sus misas, siempre esperadas, siempre repletas.
En el acto hubo lágrimas y recuerdos, y nos imaginábamos desde el cielo al sacerdote jesuita algo incómodo por el reconocimiento, siendo convencido desde la tierra por monseñor Ramón Benito de la Rosa y Carpio de que era algo justo.
Dubert seguirá presente entre nosotros, sobre todo mientras haya condenables diferencias sociales, necesidad de servir al prójimo y ansias de aprender.
Pedro Domínguez Brito es abogado
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