El título podría ser: “Platero soy yo”, por aquello de que soy un asno para aprender idiomas. Y es que nunca alguien en el mundo estudió tanto inglés (y francés) y aprendió tan poco como yo.
Comencé tomando un curso intensivo en la Universidad de Oregon, un lugar más lejos que Nueva York, dizque porque allí nadie hablaba castellano.
Pero transcurrido un mes mi aprendizaje seguía en pañales, y si me cuestionaban en inglés respondía en español y viceversa. Y cuando los profesores me observaban amenazando con preguntarme, bajaba la cara, miraba para otro lado o me reía estúpidamente, y si me atrapaban, al final decía “yes” a todo.
¡Qué ridículo me sentía! Y para colmo ¡ay Dios!, estaba olvidando mi idioma, o al menos tartamudeaba y pensaba muchísimo para expresar alguna idea coherente en español. Entonces, ya desesperado, y con la posibilidad de quedarme mudo, arranqué velozmente para mi país.
Estando aquí, mi familia suponía que yo era Shakespeare o Poe. Y cada vez que aparecía un americano me buscaba de intérprete, en cuyo caso, además de pasar innumerables vergüenzas, me convertí en actor, pues mi desconocimiento del “english” lo suplía con gestos teatrales, para que al menos me entendieran con el lenguaje corporal.
De todas maneras continué con mis estudios en el Domínico-Americano de Santiago, excelente, salvo porque estaba entre niños genios que levantaban las manos primero que yo cuando el profesor preguntaba y que contestaban rapidísimo, no como yo que “gagueaba”, con un tono tosco, con el uso de las mismas palabras en cada oración.
No me daba por vencido. Me inscribí en dos institutos más, y nananina. Y ya desesperado, busqué métodos naturales y hasta artificiales para aprender inglés, incluyendo uno donde aseguraban que la mejor forma de conocer el idioma era “escuchar un casete mientras dormía”, y eso sólo logró quitarme el sueño.
Y hasta un profesor particular contraté, con quien hablaba de todo en español para evitar que me diera clases de inglés. El esfuerzo fue en vano.
Ahora mi casa está repleta de cintas, videos y diccionarios de inglés (y de francés), los cuales han corrido la misma suerte que mi máquina de hacer ejercicios: están en una esquina del baño del cuarto de reguero. Y lo peor es que con mi francés se repitió la misma historia, la que de seguro a alguien cercano a usted le ocurrió... o a usted mismo.
Pedro Domínguez Brito es abogado
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