El político dominicano que se respeta debe tener considerables dilemas morales, o al menos forzadas inquietudes que le atormenten, le quiten el sueño y le provoquen un desencanto tal que en no pocas ocasiones haya pensado dejar todo atrás y dedicarse a la vida privada.
¿Qué hago aquí? ¿Qué necesidad hay de aguantar todo esto? Se pregunta sin cesar, recurriendo a la filosofía y a los principios para buscar respuestas que justifiquen su presencia en el escenario.
Y de seguro lo único que lo mantiene en pie y animado es su vocación de servicio, o aquello de sentirse en paz con uno mismo y frente a la sociedad, o el empeño de dejar positivas huellas en su camino, que en el fondo y en la superficie es hacer lo correcto y cumplir con su deber (ser útil a los demás), y estas razones son las que marcan la diferencia entre los políticos que trascienden de los que habitan en el fango, son del montón o son recordados con desprecio.
Parece que en nuestra política para llegar, ¡para servirle al prójimo, válgame Dios!, hay que pecar por comisión o por omisión.
O se recurre a lo indebido o se permiten pasar ciertas irregularidades, esto con sus límites, desde luego.
En todo caso, para apaciguar la conciencia, lo indebido se hace a regañadientes, siempre en el campo de las ideas, las estrategias y las tácticas, ¡no incluye corrupción administrativa ni clientelismo, caramba!, tratando de que nuestra actuación no haga daño, pero si ha de perjudicar, que el látigo recaiga en el sector que consideremos, errados nosotros o no, con menos compromiso con el bien común, que los políticos de esta índole se notan desde lejos y hasta por intuición sabemos que no son los idóneos para representar al pueblo; y en cuanto a las irregularidades, pecar por dejarlas correr, por hacernos un poco “de la vista gorda” a veces es forzoso para hacer nuestra labor, siempre y cuando estas mañas sean insignificantes y se diluyan al día siguiente.
Si no entendemos las debilidades humanas, con sus caprichos y necedades, sufriremos mucho en el difícil arte de hacer política con serio criterio.
Al que sólo aspira a beneficios individuales, todo esto le importa un comino, y meditar sobre ello lo considera la más graciosa pérdida de tiempo.
Estas reflexiones las hago como un desahogo de mi propia y limitada experiencia. Perdonen la indiscreción.
Pedro Domínguez Brito es abogado
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