Parecen desordenados estudios fotográficos, sin estética, como un mercado de imágenes gastadas, casi idénticas, cada cual con semejante sonrisa y parecida pose, y con un escaso y mediocre mensaje, sin imaginación ni novedad.
Me refiero a las calles y avenidas de nuestras ciudades, ahora que estamos en plena campaña electoral, y eso que por el momento la misma es interna, casi con características intestinales.
Pegados en cada poste de luz o notoria pared, aparecen afiches de precandidatos a lo que sea. Pocos de ellos serán los agraciados, que ojalá no sea para desgracia nuestra, que no es de extrañar que mientras más figurines sean menos hagan al llegar, o más deshagan, lo que es peor.
La mayoría, supongo, sabe que no tiene oportunidad de estar en la boleta de algún partido político, a menos que tenga cierto delirio de grandeza, de naturaleza paranoica, en el sentido de que si sus cercanos familiares y sus compadres y comadres lo conocen juran que el mundo también.
No me referiré a esta última especie, que afirma que ya es toda una celebridad, que camina esperando que lo saluden, que anda rápido para llegar a ningún sitio, y que al final de la jornada le echa la culpa de su fracaso a la humanidad completa, menos a su falta de juicio.
Por ello, creo que el asunto de colocar una visible foto hasta en el mar es un asunto de vanidad política, de oculta chercha, de relajo con apariencia de seriedad, de querer salir del anonimato, de sonar en un pequeño círculo.
Y estimo que esto es algo que nace con nosotros. Todo el que mira una foto de un grupo, lo primero que hace es buscarse a sí mismo, y los demás importan luego.
Hace días me encontré en una esquina con uno de estos políticos con pretensiones de ser famosos efímeros.
Estaba extasiado, con ojos místicos, contemplando con admiración su afiche, con un rostro de satisfacción que por más que intentaron no pudieron imitar quienes le acompañaban, pues no estaban convencidos de que el de la propaganda fuera su líder.
Quizás pensaba que estaba hermoso, que su perdido amor eterno cuando lo viera volvería a sus brazos, que por fin era alguien, que estaba realizado en la vida, todo por un pedazo de papel con su cara impresa, la que más temprano que tarde la lluvia y el sol la harían irreconocible.
Pedro Domínguez Brito es abogado
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