Desde el origen del hombre, éste ha necesitado que sus actuaciones sean reguladas por organismos disciplinarios o como se hacía en la antigüedad, por un consejo de ancianos o por el jefe de la tribu.
En la familia, los padres cumplen esta función que regula la vida en sociedad de los hijos.
En lo profesional tomemos a un ingeniero responsable de la ejecución de una obra que por descuido, negligencia o incapacidad realiza un trabajo que provoque la pérdida de vidas y bienes.
O un médico que por mala práctica pone en riesgo la vida de un paciente.
O un abogado en el cual un cliente deposita su confianza, se adjudica bienes o simplemente cual Judas vende por unas monedas a aquel que ha depositado su confianza y sus bienes.
¿Pueden estos profesionales en el hipotético caso de que sean obligados a resarcir económicamente el daño causado, seguir ejerciendo dicha profesión?
¿Es que un exequatur se ha convertido en una licencia de corso?
La ética y la moral son las caras de una misma moneda, ya que la ética es una rama de la filosofía que trata de la moral y de las obligaciones del hombre; mientras que la moral es la parte de la filosofía que enseña las reglas que deben seguirse para hacer el bien y evitar el mal.
De aquí la lucha entre lo moral y lo ético. Ya que no todo lo moral es ético y viceversa.
Ejemplo de esto es cuando hay que elegir entre la vida de un paciente o su producto cuando la vida de ambos peligra.
Los tribunales de ética profesional serían el mecanismo idóneo para regular las actuaciones de un profesional en cualquier campo so pena de que su actuación sea juzgada y su exequatur sea cancelado, de acuerdo a la gravedad de la falta.
Las actuales instancias no son lo suficientemente disciplinarias, ya que como dice el refrán “entre bomberos nadie se pisa la manguera”.
Néstor Saviñón es abogado
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