Introducción: 
El texto base del presente trabajo lo redacté en 1969, en La Romana. Lo retoqué luego en Higüey, treinta años después. Ahora en Santiago, pasados cuarenta y tres años de aquel primer texto, oyendo los gritos de los empresarios y de la gente que clama: ¡Volvamos a la producción del campo para el consumo interno y para exportar!, como si fuera la primera vez lo retomo y lo ofrezco de nuevo.
Es un escrito en prosa con sabor a poesía, igual que el trabajo de la tierra, que es como la prosa, pero lleva en sus entrañas algo de poesía. Helo aquí:
Yo soy un árbol viejo y carcomido.
Yo soy un campesino.
La luz ha muerto ya.
Desapareció,
se coló por la rendija del tiempo,
salió fuera y se perdió.
Hola aurora, vieja amiga,
tú me has visto día tras día levantar-
me. Te hiciste amiga para mí.
Conoces? Es mi azada....
Los tiempos han cambiado, auro-
ra…También para ti, verdad?
Los tiempos han cambiado...
Hay tractores y yo tengo azada.
Hijo del campo soy, con la frente
arrugada y la piel dura.
He oído que los cocodrilos tienen la
piel dura.
Yo tengo piel de cocodrilo: mira qué
dura es.
Mil ciclones se han abatido
sobre mi rancho de yagua y palma:
esos ciclones que pasan arrasando
en septiembre
y se van en diciembre
llevando sus presas
para volver el año próximo.
Es el mismo ciclón cada año
que da la vuelta y vuelve.
Mis raíces están hundidas en la tie-
rra, yo nací de la tierra, comí tierra
hecha viveré, mi cuerpo está inclina-
do hacia la tierra
y ansiando ya estoy que vuelva a la
tierra y sea tierra.
Una sola amiga tuve en la vida: la tie-
rra. Ella nunca me dijo no, cuando le
pedía algo... Los hombres me dijeron
sí y nunca me ayudaron...
El banco me dijo no! Y el gobierno
me dijo no!
Y el abogado y el notario y el juez me
dijeron no!
Y la reforma agraria fue un fracaso!
Ya la savia se secó, soy un tronco vie-
jo. Ya no hay manos cerca de mí...
Todos salen y se van.
El campo queda solo como yo.
En medio del bosque de árboles
jóvenes crecen y menean airosos
su melena y sus ramas al viento.
Yo ya no tengo melena:
soy un árbol calvo,
y en el bosque de los hombres
los jóvenes ya no están.
Yo también fui un árbol joven,
valeroso, luchador,
contra el ciclón de septiembre
y contra el rayo que quema
la palma que comen los puercos,
y contra la lluvia que mata y que da
vida. Yo conocí el embate de los tiem-
pos malos: yo vencí.
Mis brazos eran dos ramas potentes y
rudas, dos ramas de pino…
Hoy soy un árbol viejo y cansado...
Trae el hacha vieja y corta el tronco.
Dos mujeres tuve:
la tierra fecunda que parió el vívere
y mi esposa amada, que te parió a ti,
hijo mío,
viviré de mis entrañas.
¿Dónde estás ahora?
Has emigrado:
a la ciudad, al hotel,
más allá del Caribe, a cualquier sitio
Ya el campo no te dice nada.
Viste mi cansancio y te cansaste
¿Quién seguirá mi lucha?
¿Quién cultivará mi tierra?
Déjame, hijo, ¿no ves que del polvo
salí, que del polvo rojo de mi conuco
estoy cubierto,
y polvo hecho yuca todos los días
comí y que mis huesos son casi polvo
y que mañana polvo seré?
No, no me lleves,
no me entierres
en el cementerio del pueblo,
entiérrame en mi conuco
y la tierra de mis huesos
se mezclará con la tierra roja
que cultivé y cada día comí
y dio de comer a multitudes.
“Vuelve, vuelve tú, hijo mío,
vuelve al campo que te vio nacer
vuelve con tu vigor y tu técnica,
olvida mi azada y toma el tractor
¡pero cultiva mi tierra!”
No puedo dejar de asociar el “Ocaso de un campesino” a esta otra pieza, publicada en los años ochenta, y que titulé “Las palmeras se fueron a la montaña”. Hela aquí:
-Yo pensé que las palmeras se habían ido a las montañas para estar más cerca del cielo.-
Estirando sus esbeltos cuerpos grises en la inmensidad verde de los cañaverales se yerguen solitarios, aquí y allá, esparcidas, unas cuantas palmeras desgreñadas.
Las palmas reales de las plantaciones de los ingenios parecen esclavos obligados a permanecer allí, en sus sitios ¡ay! para que se diga que hay palmera en la isla tropical y para satisfacer la curiosidad de turistas y visitantes.
El día de la degollina de los montes las palmeras fueron diezmadas y en su lugar los exterminadores impusieron caña y hierba y las lluvias de mayo dejaron de venir en mayo y los ríos y los campesinos, confundidos, no sabían qué hacer.
La matanza de árboles, de niños en los vientres maternos, de civiles y policías, de pobres con hambre y sin medicina y de indios por Ovando es una misma matanza.
Cuando yo fui a la Loma de la Sierra vi a las palmeras subiendo a las montañas por todas las laderas de la Cordillera Oriental, como un ejército en perfecta formación.
El valle estaba desierto de palmas reales. Solo había abundancia de pasto para el ganado.
En la majestad de su derechura y su realeza no parecía avergonzarse de cargar mochilas.
Me pregunté aquel día si las pacíficas palmeras que permiten a la tierra brisa juzgar entre sus recias pencas y ofrecen sus cuellos para enmarañados nidos y albergue de las ciguas, habían declarado una guerra de guerrillas con el fin de defender sus derechos o si huían, como los indios, a la espesura de los únicos montes que quedan para proteger la especie.
Dicen que en Haití no persiguen palmeras porque ellas están en su escudo.
Si yo voy a Haití me llevaré conmigo las palmeras y les buscaré sitio para que crezcan en paz.
Voy a pedir a los embajadores que den asilo en sus embajadas a las palmeras y a los pobres de mi país.
Yo pienso que las palmeras se fueron a las montañas para estar más cerca del cielo huyendo de la persecución de los hombres con la esperanza de tiempos mejores.
(Disponible en:
www.arquidiocesisdesantiago.com)
CONCLUSIÓN: CERTIFICO: que ya en 1969 presagiaba los clamores que se oirían con intensidad décadas más tarde en torno a la tierra, su cultivo y producción.
DOY FE, en Santiago de los Caballeros, a los 23 días del mes de julio del año del Señor 2011.
† Monseñor Ramón de la Rosa y Carpio es el arzobispo de Santiago
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