Jueves, 24 de mayo de 2012 | 4:03 am

Hace treinta años

Sábado 09 de Julio de 2011 Monseñor Ramón de la Rosa y Carpio
Imprimir PDF
(0 votos)
AddThis Social Bookmark Button
En diferentes meses del año 1980 ó 1981 escribí y publiqué las siguientes narraciones o cuentos, que tienen una relación con la realidad dominicana de entonces.

Se los presento ahora de nuevo en el año 2011, invitándolos a que, si tienen tiempo y humor, comparen esos contenidos de ayer con las realidades de hoy.

1. HISTORIA DE UNA PISTOLA
Higüey viernes 17 de abril,  1981.  Había una vez en Estados Unidos, Europa, África o República Dominicana, un pedazo de metal que soñaba en convertirse en cubiertos de mesa, una olla de presión o cuchillas de arado.

Creía llevar escrito en el centro de su ser que su destino y la razón de su existencia era transformarse en un instrumento útil para servicio del hombre y su  familia.  De pronto se encontró en una fábrica de armas y se vio convertido en pistola. Se dio una gran explicación sobre esta trasformación con grandes titulares en los periódicos, con grandes voces en la radio y abundantes fotografías en la televisión: “Armas para la paz” – “Armas para la revolución”.

La realidad, sin embargo, mostró otra cara:  “Armas para matar”.

Surgieron así nuevos credos y modos de servicio.

Junto a las gentes que musitaban: “Creo en Dios”, aparecieron los grupos que clamaban:  “Creo en las armas”.

“Me dedico al servicio de los más débiles y necesitados”, decían unos.  “Sirvo al poder de la pistola”, decían otros.

Y la pistola y todos los de su familia empezaron a viajar de un país a otro e iban de mano en mano. Se les vendía, se les revendía y se les volvía a comprar.

Se hablaba de venta legal o de tráfico ilegal de armas.  Pero, en realidad, era la misma pistola para los mismos fines.  Lo de legal o ilegal poco importaba a los fabricantes.

Se puso, por igual, en  manos de un militar de un gobierno de derecha y de otro militar de un gobierno de izquierda; se utilizó para un golpe de Estado o para defender derechos violados; para reprimir en una dictadura o para mantener a la fuerza el triunfo de una revolución.

Un día la pistola se volvió contra el Jefe de Estado de una de las naciones, que apoyaban su fabricación y su venta y se convirtió también en un instrumento de terrorismo dentro de ella misma.

Esa nación fabricante de armas se levantó en protesta y el mundo entero con ella.  Condenó el terrorismo.  Pero olvidó las enseñanzas que brotaban de su propia experiencia:

“Quien cree en la violencia piensa que nunca su fuerza se volverá contra él mismo. Es vieja la sabiduría de la humanidad expresada en uno de sus adagios: “Quien siembra vientos, cosecha tempestades”.

Otro día la pistola mató un periodista, un canillita, un estudiante y un policía. Unos decían:  “Tenía pistola y había que quitársela apoyada en la nuestra”.

Otros vociferaban: “Su pistola es asesina”.  Y guardaban la suya esperando el momento propicio para sacarla.

Entonces, la conciencia de la humanidad se levantó a una para gritar: “Abajo la pistola”.

¿Qué culpa tiene la pistola, pedazo de metal, cuyo destino es servir al ser humano, pero que el hombre pudo manipular a su antojo?
Tanto lucharon los creyentes en la paz,  los opositores a la fabricación de armas, los objetores de conciencia, los pacíficos, los no violentos, que llegó el tiempo en que ya no hubo más disparos sobre la tierra.

El balance final de esta triste historia fue el siguiente: multitud de seres humanos muertos y heridos, incontables hombres y mujeres en las cárceles y un número incalculable de familias y pueblos divididos, llorando y sufriendo.

Y de la pistola ¿qué?

¿La pistola?  En un museo.

Sí, en un museo.  Inactiva ya, junto con todos los armamentos, viejos, nuevos o sofisticados. Pieza del pasado oscuro de la humanidad, prisionera del destino cruel que le dieron los hombres, esperando todavía el día en que se le transforme en cubiertos de mesa, en una olla de presión o en cuchillas de arado.

He aquí una profecía de Isaías, que avala esta historia de la pistola:

“Pueblos numerosos llegarán, diciendo: Vengan, subamos al monte del Señor, al templo del Dios de Jacob, para que él nos enseñe sus caminos y podamos andar por sus senderos.  Porque de Sión saldrá la enseñanza del Señor, de Jerusalén vendrá su palabra.

El Señor juzgará entre las naciones y decidirá los pleitos de pueblos numerosos.  Ellos convertirán sus espadas en arados y sus lanzas en podaderas.

Ningún pueblo volverá a tomar las armas contra otro ni a recibir la instrucción para la guerra.  ¡Vamos, caminemos a la luz del Señor”  (Isaías 2, 3-5).

2. CAMINANDO CON LOS HOMBRES

Higüey, 20 de agosto 1981. Yo era un extranjero para los demás cuando subí al autobús  de la vida para caminar con los seres humanos.
Yo fui menos extranjero cuando nos presentaron y empezamos a cambiar saludos. Nos volvimos conocidos en el pueblo y fuera de él nos abrazábamos con alegría al encontrarnos, aunque nuestras relaciones no eran profundas.

Luego un grupo me aceptó y te aceptó como compañeros y empezamos a intercambiar opiniones. Nos sentamos juntos en los mismos pupitres de la escuela, participamos del mismo team de baseball y basquetball y teníamos pasatiempos y paseos en común. 

Era un sano y hermoso grupo de compañeros, cuyo recuerdo perdura a pesar del tiempo y de la distancia y cada encuentro ocasional conserva la frescura y emotividad de aquellos primeros años.

Hubo un momento en que sentí y sentiste la necesidad de un compromiso. Y buscamos un club, un partido, un grupo de estudios, de acción social, religiosa, cultura. Allí descubrimos camaradas. Personas con inquietudes y con ideales parecidos a los nuestros, con deseos de unirse en una tarea común. Y empezamos el trabajo en equipo. El camarada era compañero y algo más.

Y en medio de todos ellos apareció el amigo, aquel confidente del alma en quien confiamos plenamente, pues correspondió a la confianza depositada en él con prudente y amorosa fidelidad.

Un día se me abrieron los ojos y descubrí que todo hombre es mi hermano.  Entonces, el amor universal abrió mis horizontes en mi trato con los hombres en el autobús de la vida.

En las relaciones humanas hay grados, teniendo cada una su valor propio.

3. EL VIEJO Y EL PAN

Higüey, septiembre 1980. Me contó que andaba buscando trabajo. ¡Cuántos me cuentan esta pena! Les agradezco su confianza. Vive en casa de su hijo. El hijo había partido hacia Verón. Tierra cercana a la costa. Más allá del Macao, camino de Punta Cana. Tierra de pioneros. Tierra dura. Último recurso de los desesperados.

Le había dejado la mujer y la prole. El anciano queda con una familia a cuestas, sin trabajo. No sabe cuándo volverá el hijo. El que buscaba amparo en su vejez, sigue siendo amparo de su descendencia. Hoy anda en busca de una ración de comida. ¡Cómo renació en mi corazón la vieja esperanza de que cada hombre tenga asegurada su cuota de comida diaria!

Quise preguntarle la edad. Y se la pregunté.

- “Nací para el nueve”, según me dice la gente.  Me miró con ojos hundidos que rebosaban bondad.  Me agradeció esa pregunta humana.

- ¿Cuántos años tengo, entonces?, me preguntó a su vez.

-“66”, le dije. Parecía tener 80 años.  Era consciente de su realidad.

- “He envejecido mucho. A mi edad otros hombres están más fuertes que yo.  He trabajado mucho, sabe, y he sido muy enfermizo”.
“En mi país”, pensé, “no hay seguridad para el anciano”. A esa edad en otras naciones los viejos están pensionados, tienen sus últimos años asegurados y no andan buscando “un trabajito” para obtener su pan”.

Le ofrecí una taza de café. Le ofrezco lo que tengo: mi acogida, mi conversación y una taza de café. Me bendijo.  “Dios siempre me lo bendiga”, dijo.  Nada aprecio más que la bendición del pobre. Es bendición de Dios. A nada tengo más miedo que a las maldiciones y reproches del pobre. Son maldiciones y reproches de Dios. Lo vi marcharse con todo el peso de su cuerpo y de sus años montado sobre sus espaldas inclinadas.  En su interior llevaba su único tesoro: humanismo, ternura y dignidad.

“El hombre nuevo latinoamericano, me quedé pensando, ha de conservar el humanismo y dignidad de ese anciano y ha de revestirse de la seguridad económica y social, que le falta.  Bajo cualquier aspecto que se le mire la llegada del hombre nuevo viene necesariamente acompañada de cambios profundos y de un nuevo orden social”.

CONCLUSIÓN:

CERTIFICO: que los tres trabajos arriba transcritos en el año 2011, dos fueron escritos en 1981 y el tercero en 1980.
DOY FE, en Santiago de los Caballeros, a los 02 días del mes de julio del año del Señor 2011.
† Monseñor Ramón de la Rosa y Carpio es el arzobispo de Santiago

Comentarios (0)

Escribir Comentario
Blogs.ElCaribe.com.do se reserva el derecho de no publicar comentarios que contengan palabras no apropiadas y/o frases denigrantes por razones de raza, sexo, religion entre otras.
Nombre

Comentario

(Número máximo de caracteres permitidos: 500)
Le restan caracteres.
Enviar comentario
 

ARCHIVO | MONS. RAMON B. DE LA ROSA Y CARPIO

2011 (41) ► 2010 (49) ► 2009 (20)

ULTIMAS COMENTADAS

Buscar solución | teo dominguez ha comentado: "la solucion es votar por hipol..."
Margarita Cedeño | teo dominguez ha comentado: "dejalos tranquilos, que el sum..."
Claraboyas | juan carlos lorenzo ha comentado: "Me encanto esta sección todas..."
Muerte de las Mirabal motivó el fin del terror | SILVIA GABRIELA MIRABAL ha comentado: "EL SABER DEL VIL ASESINATO D..."
De bienales e instalaciones | el mismo del otro dia ha comentado: "estoy completamente de acuerdo..."
¿Cuál revolución democrática? | teo dominguez ha comentado: "te sacaste la lotto, pues en m..."
Inseguridad | Angel Romero ha comentado: "Extendiendo el tema de la inse..."
Un código de bárbaros | Oliver Brito ha comentado: "Los siete años de vigencia de..."
Carta a Sonia Pierre | Viterbo De Los Santos ha comentado: "Excelente!..."
Un código de bárbaros | Mario Pérez ha comentado: "Es importante y urgente que de..."
inicio/Articulistas/Mons._Ramón_B._de_la_Rosa_y_Carpio/Hace_treinta_años