
“Cuando lo leas, te va a gustar”, me dijo mi amigo Jimmy, Duque o Doctor Ernesto Rivera, como quiera llamárselo, al entregarme su libro “Siete de Julio. Pinceladas sobre una vida” para que le escribiera el Prólogo.
Considero a Jimmy (así es como lo llamo yo, normalmente) como a uno de los grandes testigos del Higüey del siglo XX, dotado de una memoria histórica fuera de serie y de una gran capacidad narrativa.
Así, le sugerí muchas veces que pusiera por escrito esa historia conocida por él, aquella de la cual nadie se ocupa: la de cada día, la de los personajes cotidianos, la de los detalles. Debo reconocer que ya lo ha hecho en otras publicaciones, como en “Las calles de Higüey” y en “Historia de la Villa de Higüey”. Pero en ésta, “Siete de Julio.
Pinceladas sobre una vida”, nos ofrece unos capítulos inéditos y, a mi modo de ver, sabrosos, sobre esa historia. Más aún: la enriquece, ofreciéndonos, también, unos datos acerca de un higüeyano, él mismo, en relación con acontecimientos de nivel nacional.
No puedo callar que, de entrada, me hubiera gustado que hubiera titulado esta obra “Pinceladas sobre Higüey”.
En verdad que ese título sería válido para una parte de ella, pero no abarcaría todo lo que ella encierra. Por eso, hay que decir que es válido el título que le da Duque y que el mismo sirve de hilo conductor.
Tampoco hay que creer que se trata únicamente de un “testimonio”, personal e intimista, sobre la vida del Dr. Rivera, como retazos de un diario individual. Considero que, en realidad, son relatos de historia, relacionados con Higüey, en los cuales el autor es testigo presencial e hilo conductor. Eso, creo yo, le da un toque vivencial, que hace más interesantes los fríos datos históricos.
No quiere ser, por otra parte, un tratado completo de historia, sino, precisamente eso, “pinceladas de vida e historia”, a las cuales habrá que acudir necesariamente para hacer historia completa y en detalles de la época en la que el autor vivió.
Es en esa dimensión histórica en la que yo quiero fijarme ahora y de la cual voy a destacar diez aspectos; o, dicho de otra manera, voy a resaltar diez pinceladas históricas de “Pinceladas sobre una vida”:
1.- A lo largo de toda la obra, aquí y allá, hay referencias religiosas. Pero no son simples alusiones vivenciales: recogen ellas datos históricos de la vida religiosa del Higüey de la última mitad del siglo XX.
Noté esta “pincelada” desde sus inicios mismos. “El Autor” lo hace así, porque conoce y recuerda “más que muchos al Higüey hatero, aldea, villa, pueblo y ciudad cosmopolita, cuya vida social, económica y religiosa ha girado siempre alrededor de su Virgen de la Altagracia”. Esta “pincelada” la encontraremos luego en “Narraciones”, en “Su versión de la Leyenda” y a lo largo de toda la obra.
2.- Al hablar de “Su Hogar”, se podría pensar que se trata simplemente de una descripción íntima de su propia familia. Es mucho más: es una descripción de cómo eran los hogares en esa época, el suyo y el de los demás. Estos datos históricos sobre la familia de ese tiempo se perciben más claramente cuando trata de “Las reglas del Hogar” y “La familia”.
3.- Interesantísimos resultan los datos y la descripción de “Su Pueblo”, cuando Higüey “era apenas una aldea”. Pero no sólo nos da una visión general del mismo, sino que entra en los detalles de doce temas muy particulares de ese pueblo, que son historia, pero que los historiadores no siempre tienen en cuenta: “El agua” de consumo diario y para lavar; “Los ajuares” de una casa; “La cocina”; “Las carnes”; “El patio”; “La letrina”; “Huertos y jardines”; los límites y los personajes muy conocidos en la vida diaria de ese Higüey permanecen “En el recuerdo”, “La Escuela”, “La Educación Primaria”, “La Secundaria” y “El Magisterio”, con su galería de profesores y profesoras ilustres, que quedarían en el olvido, si alguien no los trae a la memoria.
4. - Cuando se refiere a “La Universidad” en Santo Domingo, se podría creer, a primera vista, que se trata sencillamente de la continuación de los estudios del Dr. Rivera, luego de sus años de primaria, secundaria o magisterio en Higüey.
Es algo más: es un capítulo que trae datos sobre cómo se desenvolvía un estudiante higüeyano en el Santo Domingo de entonces, datos sobre la Facultad de Medicina, sobre el Colegio Mayor Universitario San José de Calasanz y sobre el régimen de Trujillo, su represión y persecuciones, de las cuales nadie podía escaparse, ni siquiera el higüeyano Duque en la Capital.
5.- En el capítulo que trata sobre “La Guerra Civil”, se mezclan una vez más la vida del autor y los datos de la historia. Ya había oído hablar a Jimmy de su episodio con el soldado norteamericano Timothy Powell, herido en la zona constitucionalista y muerto en el Hospital Padre Billini. Esta breve historia queda como un paradigma de las guerras fraticidas. La leí ahora de nuevo, como si fuera la primera vez que la escuchara.
6.- No puedo ocultar que una de las “pinceladas” que más he apreciado en la presente obra de Duque es la que se refiere al “Padre Luis Gómez y Gómez”. De nuevo trata su relación personal con él, como aparece de manera marcada en “El epílogo”, pero yo insisto en destacar los interesantes datos históricos traídos sobre este “sacerdote santo y bueno”, apóstol de todos, hombre pleno de humanismo, espiritual y exorcista, que marcó a Higüey en la década 1949-1959 y que mantuvo una férrea “Actitud ante la tiranía” de Trujillo, quien buscó eliminarlo. Así el testimonio de este ilustre sacerdote no cae en el olvido.
7.- Otra “pincelada”, que se debe valorar mucho en la presente obra y a lo que me he referido ya, es el elenco de personajes de Higüey que nos ofrece en ella, de gente que no era anónima en sus días y cuyos descendientes caminan aún por nuestras calles, pero que pueden morir con el tiempo, si alguien, como Duque, que los conoció y trató, no los saca del polvo del olvido.
Este aspecto es palpable a lo largo de toda la obra y aparece de manera muy explícita en “Los amigos”, “Mirtha Carpio y Doña Mariquita” y “Los chivos”. En estos dos últimos capítulos nos muestra Duque, por otra parte, una hermosa estampa de los estudiantes de su época y trae a colación unas diez anécdotas juveniles, narradas de manera escueta y llenas de gracia y humor.
8.- “La playa Cortesito” y “El viaje” recogen, curiosamente, un pedazo del Higüey de ayer e introducen una parte de sus nuevos tiempos: el turismo. Resulta así un tema con dejos de nostalgia por un pasado ido y con sabor a futuro.
Lo mismo puede decirse del último capítulo, “Un día normal o lo que soy”, en el que se retrata al Dr. Rivera, como uno de los líderes cívicos prominentes del Higüey, ya gran ciudad, capital religiosa, ganadera y turística influyente, de fines del siglo XX, en contraste con el Higüey, aldea de cincuenta años atrás.
9.- Pecaría yo, si en este Prólogo, dejo de lado los valores “historiados” en esta obra, los vividos por los higüeyanos, como se recoge en esta expresión de Jimmy: “Crecí en un medio donde el espíritu de servicio era la norma; de hecho antes de llegar a la Universidad el servir a los demás sin esperar recompensa alguna era algo normal y en mi Colegio Mayor podría decirse que esta actitud se fue acrecentando”.
10.- Mi última “pincelada” quiere destacar lo que “El Autor” dice sobre la razón de este libro antes de la “Introducción”: “Porque yo no quiero que las mentes curiosas e investigadoras, a partir de esta época en que el mundo es un puño por tantos avances técnicos, hoteles ultralujosos y comodidades de todo tipo, crean que siempre fue así.
Que en estos relatos encuentren la verdad de cómo vivieron sus progenitores y hasta dónde se sacrificaron para legarles la vida y los bienes que disfrutan”.
CONCLUSIÓN:En la primera página de “Siete de Julio. Pinceladas de una Vida”, Jimmy recoge un ramillete de agradecimientos y nombres, empezando por Dios, Nuestro Señor.
Yo quiero, a mi vez, agradecerle a él este libro.
Se dice que los latinoamericanos se sintieron plenamente identificados con García Márquez y su “CIEN AÑOS DE SOLEDAD”, porque vieron en esta obra un retrato de sus pueblos y costumbres y porque ese era el libro que todos hubieran querido haber escrito, pero no tenían el arte para hacerlo.
Lo mismo me acontece a mí y pienso que a otros de mi generación: en la presente obra encontramos un retrato escrito de Higüey y del higüeyano, con el que nos sentimos identificados, pero que no teníamos ni la memoria ni el arte para escribirlo. El Dr. Ernesto Rivera (Duque o Jimmy) posee ambas condiciones.
DOY FE, en Santiago de los Caballeros, a los 15 días del mes de enero, del año del Señor 2011.
† Monseñor Ramón de la Rosa y Carpio es el arzobispo de Santiago
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