INTRODUCCIÓN
Me propuse ofrecer un conjunto de diez reflexiones, orientaciones y testimonios, sobre “Cómo ofrenda el católico a su iglesia”.
En mis dos entregas anteriores toqué los siguientes seis puntos:
1. Casos vividos por mí.
2. Ejemplo de Jesucristo.
3. Testimonio de San Pablo.
4. Las Colectas.
5. Testimonio de San Ireneo.
6. Un deber y un acto de libertad.
En esta tercera, trato los últimos cuatro puntos.
7. ¿CUÁL ES TU CONTRIBUCIÓN? Otra crítica que suele hacerse a los católicos, venida sobre todo de los que no nos conocen bien, es la de que “la Iglesia pide demasiado”. A estos habría que preguntarles cuál es su real contribución a las obras de la iglesia, es decir, a su pastoral interna y a los pobres.
También hay que recordarles nuestra tradición sobre la libertad. Tú eres libre para aportar o no aportar, para dar la cantidad que libremente quieras, según ha dicho San Pablo (Siglo I): “Cada cual dé según el dictamen de su corazón” (I Corintios 9, 7), o San Justino (Siglo II) y el Catecismo de la iglesia católica (Siglo XX): haga sus ofrendas “cada uno según su capacidad”.
De modo que la iglesia, sus sacerdotes y laicos, nunca deben hacer caso a esas críticas ni sentir vergüenza en buscar recursos que la iglesia necesita para sus obras, porque no son para ellos y a nadie están obligando.
Hemos de recordar que la Iglesia no es nuestra, sino de Dios. Es Él, en último término, quien nos anima a buscar los recursos necesarios.
Nosotros, pues, en la recaudación de fondos para el sostenimiento de las obras de la iglesia, no somos sino colaboradores de Dios.
Además, de esa manera ayudamos a los fieles, sobre todo a los más pudientes, a alcanzar su salvación y santificación.
No tengan, por lo tanto, miedo alguno, párrocos, diáconos, ministros o dirigentes laicos, en solicitar recursos. Si es voluntad de Dios una obra, Él proveerá “los pesos”, muchos o pocos, que se necesitan para levantarla. Manténganse firmes en la fe.
Por otra parte, hasta que un fiel no colabora económicamente con la iglesia no se siente identificado con ella ni perteneciente a ella. Cuanto más colabore, más parte se sentirá de ella.
Las ofrendas, aparte de las múltiples dedicadas a obras caritativas y sociales, se utilizan para otras muchas necesidades. Cito sólo doce: Pastoral bíblica y catequesis, Pastoral de la formación de los laicos y de los sacerdotes, construcción y mantenimiento de edificaciones, sostenimiento del Arzobispado y de las parroquias, apoyo a las obras misioneras arquidiocesanas y a los sacerdotes retirados, contribuciones a tareas de la pastoral nacional y de la iglesia universal.
8. DAR CON ALEGRÍA Y LIBERTAD. Hay católicos que quisieran que se les fijara una cantidad concreta para su contribución. Estos han de recordar el testimonio de San Ireneo (siglo II): Nosotros no somos ya esclavos, para poner una cuota fija, sino hombres libres, que damos con libertad y alegría, según nuestra capacidad, incluso todos nuestros bienes, si fuera necesario.
A estos católicos también les podría ayudar esta pregunta: compara tu ofrenda con el diezmo obligatorio del Viejo Testamento. ¿Se acerca a él o es mucho menor? La respuesta puede indicarte por dónde anda tu generosidad. No se te impone una cuota, pero tú mismo puedes imponerte la que tú quieras libremente, con tal de que no descuides tus obligaciones familiares.
Otra referencia a utilizar para medir la generosidad de tu corazón es la propuesta por Jesús en el ejemplo de la viuda: “Alzando la mirada, vió a unos ricos que echaban sus donativos en el arca del Tesoro; vio también a una viuda pobre que echaba allí dos moneditas, y dijo: "De verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que todos. Porque todos éstos han echado como donativo de lo que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba, todo cuanto tenía para vivir." (Lucas 21, 1-4).
9. DIVERSAS MANERAS. La generosidad de los católicos hoy día se manifiesta de muchas maneras. Acabamos de recibir noticia de una familia que asume, con sus propios recursos, la construcción completa de la iglesia de un sector. También tengo presente a aquella venerable anciana que recibía una ayuda de Cáritas Arquidiocesana para sus medicinas, pero desde su pobreza sacaba unos pesos para las obras de la iglesia y decía: “Hay otros que son más pobres que yo”. Todos, pues, pueden y deben contribuir al sostenimiento de las obras de la iglesia, los pobres y los ricos.
Otras maneras son la creación de Fundaciones, de patronatos y de las más diversas organizaciones para fines específicos. Puedo dar testimonio de que la mayoría de los recursos recibidos por la iglesia se dedica a la pastoral social. Se ha dicho, con razón, que si el sistema de obras sociales y educativas de la iglesia se cae, se haría un daño irreparable al país o a la región donde están insertas. Esta constatación no sólo vale para países pobres como el nuestro, sino también para países más ricos.
La formación del católico para la pastoral social es muy acentuada. Me decía un médico: “Soy un ‘católico parcial’. No voy a misa, pero mi compromiso con los pobres nunca lo olvido. Aprendí muy bien esa lección en la pastoral juvenil de la iglesia”. Gracias a Dios, ese médico mantenía el sentido de caridad y solidaridad aprendidos, pero había olvidado no sólo las otras prácticas cristianas enseñadas, sino también la de colaborar con la institución y los agentes de pastoral, que lo formaron generosamente.
En una parroquia se hizo una encuesta interesante sobre este tema y las respuestas fueron muy dicientes y variadas. Se hizo la pregunta a los fieles: ¿Cómo cumples con tu obligación de ayudar a la iglesia en sus necesidades? Las respuestas fueron las siguientes:
Doy limosna cada domingo en la misa, durante el ofertorio (42%). Entrego una parte de mi salario directamente en mi parroquia (9%). Colaboro económicamente en la formación de sacerdotes en un seminario (4%). Colaboro en el sostenimiento de algunas religiosas en el convento (1%). Aporto una cuota mensual o algún apostolado de la iglesia (10%).
Patrocino desde mi empresa a un apostolado en su totalidad (1%). Asisto a bazares a favor de obras de beneficencia (1%). Envío un donativo directamente al Vaticano, para el Óbolo de San Pedro (1%). Envío donativos a Cáritas cuando hay desastres naturales (4%). Colaboro con obras humanitarias, filantrópicas o ecologistas (9%). No colaboro (10%).
10. NOSOTROS, SACERDOTES Y RELIGIOSAS. En nosotros los sacerdotes y las religiosas la ofrenda, como católicos, es total: la de nuestras vidas y nuestros bienes. Hemos de mantener, por tanto, un gran espíritu de pobreza y de desprendimiento. Así seremos signo de cómo ofrenda un católico: alguien que es capaz de darlo todo por amor a Dios y la humanidad.
Que podamos decir que no tenemos ni casa ni vehículos ni nada propio, sino lo necesario para vivir hasta el día que el Señor nos llame; que se vea que todo lo que está en nuestras manos es de la iglesia, es decir, del pueblo, de la comunidad, y nosotros no somos más que simple administradores.
Todo lo que nosotros manejamos, como riquezas culturales, artísticas o monumentales, es patrimonio de la humanidad, de un país o de una ciudad. No podemos vender ninguna de las obras ni enajenarlas. Nos sentimos, como la iglesia a lo largo de los siglos, responsables de cuidarlas, mantenerlas y entregarlas íntegras y en buen estado a la próxima generación.
Ahí está el ejemplo de Jesucristo, que nos recuerda estos criterios, cada vez que leemos el Evangelio. Igualmente, San Pablo, como discípulo seguidor de Jesús, sigue siendo un gran modelo a imitar.
De la misma manera, modernamente, también el Papa Juan Pablo II o la Santa Madre Teresa de Calcuta son otros modelos a imitar. Ellos manejaron cuantiosos recursos en las obras de la iglesia (para la pastoral interna y para los pobres) y al final de sus vidas podían afirmar que no tenían herencia alguna que dejar a ningún heredero, ya que todo lo que estuvo en sus manos pertenecía a la iglesia, a sus obras y a sus pobres, y a ella lo entregaban.
CONCLUSIÓNCERTIFICO. que mi tercera entrega de Cómo ofrenda el Católico hace parte de mi trabajo más amplio sobre “CÓMO SOSTIENE ECONÓMICAMENTE EL CATÓLICO A SU IGLESIA”.
DOY FE, en Santiago de los Caballeros, a los 08 días del mes de septiembre del año del Señor 2010.
† Monseñor Ramón de la Rosa y Carpio es el arzobispo de Santiago
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