INTRODUCCIÓN
Me propongo ofrecer un conjunto de diez reflexiones, orientaciones y testimonios, sobre “cómo sostiene económicamente el católico a su iglesia”.
Casos vividos por mí. a) Siendo joven sacerdote visité una comunidad rural de la sección Los Salados, en Higüey, una Señora se me acercó y me entregó como ofrenda un par de huevos. Pensé que realmente ella los necesitaba, tal vez más que yo y creí que no debía aceptárselos.
Conoció mi intención y leí en sus ojos la súplica ardiente de que se los recibiera. Así lo hice y sé que se sintió feliz. Su sonrisa así lo decía. Aprendí, desde entonces, que el católico se desprende de sus bienes, pocos o muchos, con generosidad, porque sabe que sus ministros tienen necesidad. Nunca he pedido personalmente nada para mí, pero tampoco nunca me ha faltado lo necesario.
Aquí y allá, los católicos me van ofreciendo, voluntariamente, lo indispensable para cubrir mis necesidades. Mantengo firme esa confianza, que hunde sus raíces en mi fe en Dios y en los católicos que me sostienen. Pienso morir pobre, sin dejar herencias, como vine al mundo, pero viviendo dignamente, gracias al desprendimiento de los fieles.
b) He aquí otro testimonio interesante, que parece el extremo opuesto del anterior, pero que, en el fondo, encierran el mismo significado y desprendimiento.
Cuando los cinco obispos de la Provincia Eclesiástica de Santiago, dado el número creciente de seminaristas candidatos al sacerdocio, tomamos la decisión de construir un edificio para el Prefilosofado en los terrenos del Seminario Menor San Pío X de Licey al Medio, a mí me tocó asumir la responsabilidad de la construcción del edificio.
Por supuesto, como me ha acontecido en otras muchísimas ocasiones más, no teníamos ni un centavo como tampoco un presupuesto. Sólo sabíamos que era una necesidad, que era voluntad de Dios y que había que lanzarse a realizar el proyecto.
Lo primero que hice, según mi vieja costumbre, fue acercarme a Dios para hablar con Él sobre el asunto: tengo la seguridad de que si un proyecto es voluntad de Dios siempre se realiza y aparecen los recursos humanos y los fondos económicos, más tarde o más temprano, sean éstos muchos o pocos.
Luego consulté a expertos y me dieron el monto aproximado del edificio: 30 millones de pesos.
Me acerqué, entonces, a monseñor Vinicio Disla y le dije con toda sencillez: “Necesitamos treinta millones de pesos para construir un edificio, que albergue a los prefilósofos. Ya no caben en el Seminario Menor”.
El calló, no hablamos más y a los pocos días me llamó para decirme que Don Juan Díaz, un comerciante dominicano residente en Miami, que había sido seminarista y agradece mucho al Seminario por la formación recibida, nos donaba un terreno para venderlo y dedicar lo adquirido al nuevo Prefilosofado. Ahí nos llegó el primer aporte importante.
Ya el Prefilosofado está construido y los seminaristas están viviendo en él. Puedo dar decenas de testimonios como éste. Así actuamos los católicos: partimos de cero, pero tenemos fe. Buscamos los recursos necesarios para las obras de Dios y siempre se abren puertas.
c) Algo que siempre me asombra y agradezco mucho a Dios es el desprendimiento de los católicos para las obras sociales y de caridad. Puedo decir que es lo más fuerte en ellos: su contribución para los pobres cada año es siempre mayor que lo que ofrendan para otras obras de la Iglesia.
Para el 2010, sólo Cáritas Arquidiocesana de Santiago, sin contar otras instituciones de carácter caritativo, fue canal para que llegaran a miles de necesitados en la Arquidiócesis de Santiago y en Haití, donativos en especie y en dinero de católicos y organismos no siempre católicos que confían en ella, ascendentes a la suma de más de 42 millones de pesos. Puedo asegurar también que, si recibiéramos más ayuda, llegaríamos a mucha más gente.
d) Otra experiencia que me marca es ésta: la intercesión de San José en cuestiones económicas y administrativas. Lo aprendí de Santa Teresa de Jesús, la cual afirmaba que en esta materia San José era un intercesor seguro.
Puedo dar testimonio de ello: he encomendado todas las empresas económicas de la Iglesia, que dependían de mí, grandes o pequeñas, desde que era seminarista, a San José, y nunca me ha fallado.
¿Por qué? Estoy convencido de que Dios se complace en glorificar de esta manera al “hombre justo” a quien confió en Nazareth la administración de la casa de sus dos seres más queridos, su propio Hijo Jesús y la Madre de éste, María.
Pienso que San José cumplió muy bien este servicio y que Dios lo quiere mantener vivo y actuante a lo largo de los siglos. Claro que Dios pudiera prescindir de esta intención, pero no lo quiere hacer. Me recuerda aquella intercesión de la Virgen María en Caná de Galilea, cuando su Hijo, mediante ella, transformó el agua en vino, adelantando así la hora de Jesús (Juan 2, 1-12); o aquella otra intercesión, que el mismo Dios pidió a Job que hiciera, para dar el perdón a sus amigos:
“El Señor dijo a Elifaz de Temán: «Mi ira se ha encendido contra ti y contra tus dos amigos, porque no han dicho la verdad acerca de mí, como mi servidor Job». Ahora consíganse siete toros y siete carneros y vayan a ver a mi servidor Job. Ofrecerán un holocausto por ustedes mismos, y mi servidor Job intercederá por ustedes. Y yo, en atención a él, no les infligiré ningún castigo humillante, por no haber dicho la verdad acerca de mí, como mi servidor Job. Entonces Elifaz de Temán, Bildad de Súaj y Sofar de Naamá fueron a hacer lo que les había dicho el Señor” (Job 42, 1-9).
e) Don Alejandro Grullón, que desde 1996 se ha entregado de cuerpo y alma a la tarea de dar mantenimiento y terminación a las obras planificadas para la Basílica de Nuestra Señora de la Altagracia con recursos propios y tocando otras muchas puertas, al oírme hablar de la eficaz intercesión de San José, me decía con mucha gracia y sentido del humor: “Es verdad, monseñor, que usted cuenta con San José, pero también cuenta conmigo”.
Los católicos, pues, actuamos en nuestros asuntos económicos, con una gran confianza puesta en Dios, en los intercesores y en la participación de los fieles, porque las obras no son nuestras sino de Dios para sus hijos e hijas.
En verdad lo que más nos importa es discernir con claridad si una tarea es voluntad de Dios. Si lo es, los recursos aparecerán, solicitándolos aquí y allá, porque, como suele repetir el cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez: “Ya el dinero está hecho. Sólo hay que salir a buscarlo”.
Ejemplo de Jesucristo. a) La contribución al sostenimiento de las obras de la Iglesia es tan antigua como la Iglesia misma. Jesús mismo aceptaba estas contribuciones: Como Judas tenía la bolsa, algunos pensaban que Jesús, al dirigirle la palabra el Jueves Santo, quería decirle: “Compra lo que nos hace falta para la fiesta de la Pascua” o “que diera algo a los pobres” (Juan 13, 29).
Todas las obras de la Iglesia se reducen a esas mismas dos de Jesús: sostenimiento de sus propias obras pastorales (lo que nos hace falta) y ayuda a los pobres (pastoral social o de la caridad).
Todas ellas, igualmente, se sitúan en la línea del mandamiento del amor, que da sentido a cuanto hacemos y a todos los demás valores y virtudes.
“Contribuir al sostenimiento de las obras de la Iglesia” no es más que seguir el ejemplo de Jesucristo y practicar la caridad. Cuando se dice, por ejemplo, “católico, sostén a tu Iglesia”, se está llamando a cumplir una responsabilidad u obligación de amor y entrega.
b) Al tratar este tema, la referencia al diezmo no puede faltar. Digamos algo al respecto.
“Diezmo, del latín “décima”, que significa “la décima parte” o “diez por ciento”, era una práctica del Antiguo Testamento. Consistía en “el impuesto religioso que marcaba el derecho de propiedad que Dios tenía sobre ciertos productos de la tierra (Deuteronomio 14, 22-29) e incluso sobre los animales (Levítico 2, 32); los fariseos extendían esta obligación a los productos más mínimos (Mateo 23, 23). Distinto del impuesto al Templo, el diezmo estaba destinado al sostenimiento del personal religioso del Antiguo Testamento” (Xavier León Dufour, s.j., Diccionario del Nuevo Testamento).
Siguiendo el ejemplo de Jesús y de los apóstoles, la Iglesia católica no exige el diezmo como contribución para el sostenimiento de sus obras. Sin embargo, Jesús mismo, al enviar a los doce apóstoles, dejó establecido que “el obrero merece su sustento” (Mateo 10, 10) y Pablo, siguiendo la enseñanza del Maestro, afirmó: “el Señor ha ordenado que los que predican el Evangelio vivan del Evangelio” (I Corintios 9, 14).
CONCLUSIÓNCERTIFICO que los puntos “Cosas vividas por mí” y “El ejemplo de Jesucristo” hacen parte de mi trabajo más amplio sobre “Cómo Sostiene Económicamente el Católico a su Iglesia”.
DOY FE, en Santiago de los Caballeros, a los 25 días del mes de agosto del año del Señor 2010.
† Monseñor Ramón de la Rosa y Carpio es el arzobispo de Santiago
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