INTRODUCCIÓN 
Me parece útil y conveniente ofrecer en cinco artículos las cinco respuestas que dio el Papa Benedicto XVI a iguales preguntas que le hicieron cinco sacerdotes de los cinco continentes, en representación de los más de quince mil sacerdotes, presentes el jueves 10 de junio del año 2010, en la Vigilia de la Clausura del Año Sacerdotal, en la Plaza de San Pedro.
Las preguntas se podían resumir en estas temáticas: 1. Sacerdote y parroquias en el mundo actual (América)
2. Sacerdote y teología hoy (África)
3. Sacerdote y celibato (Europa)
4. Sacerdote y Eucaristía (Asia)
5. Sacerdote y vocaciones sacerdotales (Oceanía)
En esta quinta entrega, tomaremos la temática: Sacerdote y vocaciones sacerdotales.
1. Las vocaciones sacerdotales Un dato cierto es que en la mayoría de los países de Europa, y en Australia también, las vocaciones sacerdotales han disminuído y los seminarios, donde ellos se forman, no están llenos.
Los sacerdotes ordenados allí y en servicio son ya muy mayores y su reemplazo no vendrá de vocaciones propias.
En cambio, en Polonia, hay abundantes candidatos al sacerdocio y son innumerables los sacerdotes jóvenes.
Otro dato es el de que estos países tomaron la opción, a principios del siglo XX, de disminuir drásticamente la población para mejorar su nivel económico, sus comodidades y la seguridad de la vejez. Lo han conseguido.
Pero hoy por hoy no tienen niños, el número de viejos aumenta y ya sienten la necesidad de tener mano de obra no nativa, que reemplace la propia, para poder sostener el sistema económico, de comodidades y seguridad que crearon.
En este dato hemos de colocar una de las causas del otro dato, la disminución de vocaciones en muchos países: no tienen niños ni jóvenes, por tanto necesariamente tiene que disminuir el número de vocaciones sacerdotales.
A ello hay que añadir este cuarto dato: tanto el materialismo y el ateísmo práctico impulsados por el capitalismo occidental como la posición militante en el mismo sentido propiciada por los regímenes comunistas influyen también poderosamente en las conciencias y en la orientación espiritual de los jóvenes y, por ende, en sus opciones y decisiones vocacionales.
De los países latinoamericanos, como también de algunos otros asiáticos o africanos, no se puede decir lo mismo: el número de vocaciones sacerdotales crece y el promedio de edad de los sacerdotes es significativamente joven.
Sin embargo, también nosotros sentimos la “escasez”, porque quisiéramos tener más sacerdotes para enviar una parte de ellos a los países donde han disminuido las vocaciones.
De hecho, países, como República Dominicana, ya tienen sacerdotes misioneros en diferentes diócesis de Europa. Pero sabemos que eso no es suficiente. De modo que la pregunta y respuesta, sobre lo que tratamos ahora, nos concierne a todos de alguna manera.
2. La Pregunta “Beatísimo Padre, soy don Anthony Denton y vengo desde Oceanía, desde Australia. Esta noche aquí estamos muchísimos sacerdotes. Sin embargo, sabemos que nuestros seminarios no están llenos y que, en el futuro, en varios lugares del mundo nos espera una bajada, incluso brusca. ¿Qué hacer verdaderamente eficaz por las vocaciones? ¿Cómo proponer nuestra vida, en lo que hay en ella de grande y de bello, a un joven de nuestro tiempo?”
3. La respuesta “Gracias. Realmente usted toca de nuevo un problema grande y doloroso de nuestro tiempo: la falta de vocaciones, a causa de la cual Iglesias locales están en peligro de volverse áridas, porque falta la Palabra de vida, falta la presencia del sacramento de la Eucaristía y de los demás Sacramentos.
¿Qué hacer? La tentación es grande: de tomar nosotros mismos en mano la cuestión, de transformar el sacerdocio – el sacramento de Cristo, el ser elegidos por Él – en una profesión normal, en un empleo que tiene sus horas, y que por lo demás uno se pertenece solo a sí mismo; y hacerlo así como cualquier otra vocación: hacerlo accesible y fácil. Pero es una tentación, esta, que no resuelve el problema.
Me hace pensar en la historia de Saúl, el rey de Israel, que antes de la batalla contra los filisteos espera a Samuel para el necesario sacrificio a Dios.
Y cuando Samuel, en el momento esperado, no viene, él mismo realiza el sacrificio, aun no siendo sacerdote (cfr 1Sam 13); piensa resolver así el problema, que naturalmente no se resuelve, porque toma en mano por sí mismo lo que no puede hacer, se hace él mismo Dios, o casi, y no puede esperarse que las cosas vayan realmente a la manera de Dios.
Así, también nosotros, si ejerciésemos solo una profesión como las demás, renunciando a la sacralidad, a la novedad, a la diversidad del sacramento que solo Dios da, que puede venir solo de su vocación y no de nuestro “hacer” no resolveremos nada.
Tanto más debemos – como nos invita el Señor – rezar a Dios, llamar a la puerta, al corazón de Dios, para que nos dé vocaciones; rezar con gran insistencia, con gran determinación, con gran convicción también, para que Dios no se cierre ante una oración insistente, permanente, confiada, aunque deje hacer, esperar, como a Saúl, más allá de los tiempos que nosotros hemos previsto. Este me parece el primer punto: animar a los fieles a tener esta humildad, esta confianza, este valor de rezar con insistencia por las vocaciones, de llamar al corazón de Dios para que nos dé sacerdotes.
Además de esto diría quizás tres puntos. El primero: cada uno de nosotros debería hacer lo posible para vivir su propio sacerdocio de tal manera que resultase convincente, de tal manera que los jóvenes puedan decir: esta es una verdadera vocación, así se puede vivir, así se hace algo esencial para el mundo.
Creo que ninguno de nosotros habría llegado a ser sacerdote si no hubiese conocido sacerdotes convincentes en los que ardía el fuego del amor de Cristo. Por tanto, este es el primer punto: intentemos ser nosotros mismos sacerdotes convincentes.
El segundo punto es que debemos invitar, como ya he dicho, a la iniciativa de la oración, a tener esta humildad, esta confianza de hablar con Dios con fuerza, con decisión.
El tercer punto: tener el valor de hablar con los jóvenes si pueden pensar que Dios les llama, porque a menudo una palabra humana es necesaria para abrir la escucha de la vocación divina; hablar con los jóvenes y sobre todo ayudarles a encontrar un contexto vital en el que puedan vivir.
El mundo de hoy es tal que casi parece excluida la maduración de una vocación sacerdotal; los jóvenes necesitan ambientes en los que se viva la fe, en los que aparezca la belleza de la fe, en los que aparezca que éste es un modelo de vida, “el” modelo de vida, y por tanto ayudarles a encontrar movimientos, o la parroquia – la comunidad en parroquia – u otros contextos en los que realmente estén rodeados por la fe, por el amor de Dios, y puedan estar abiertos para que la vocación de Dios llegue y les ayude. Por lo demás, damos gracias a Dios por todos los seminaristas de nuestro tiempo, por los jóvenes sacerdotes, y oramos. ¡El Señor nos ayudará! ¡Gracias a todos vosotros!”
CONCLUSIÓN CERTIFICO que he buscado ser fiel en la transcripción de los textos, que he citado en mi quinto artículo sobre “Cinco preguntas, cinco respuestas”.
DOY FE, en Santiago de los Caballeros, a los 14 días del mes de julio del año del Señor 2010.
† Monseñor Ramón de la Rosa y Carpio es el arzobispo de Santiago
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