INTRODUCCIÓN
1. La sangre es símbolo de la vida. Así fue para los antiguos, y lo sigue siendo para el mundo moderno. Son numerosas las expresiones del Antiguo Testamento que recogen la relación entre sangre y vida. Así Levítico 17, 14: “Porque la vida de toda carne está en la sangre…”
Por eso cuando el que asesinaba o cometía cualquier pecado grave mataba su propia vida con otra vida. Esa es la razón de los sacrificios de la antigua alianza. Afirmaba también el Levítico 17, 11: “Porque la vida de la carne es la sangre, yo os he mandado ponerla sobre el altar para la purificación de sus almas y la sangre paga en lugar de la vida”.
De esta manera en la mentalidad bíblica “derramar la sangre” significa “quitar la vida” cuando se asesinaba o “dar la vida” cuando se busca reparar una vida con otra vida. Asimismo, “comer la sangre” equivale a “comer la vida”.
2. La Sangre de Cristo significa su vida misma. Se le da, pues, el mismo significado que tenía en el Antiguo Testamento y a su luz hay que leer todos los textos que traten sobre su Sangre. Repasemos algunos de ellos.
Juan 6, 53-58 : “Jesús les dijo: "En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él”.
La Sangre de Cristo será vehículo de una nueva vida. En la Sangre de Cristo hay vida eterna. Para tenerla hay que beber esa Sangre.
Su sangre da vida, pero también su carne, su cuerpo. En el Antiguo Testamento no se podía comer juntos la carne y la sangre.
Deuteronomio 12, 16 recoge ese mandato: “La sangre no la comerán, la derramarán en tierra como agua”. En cambio, Jesús, que vino a llevar a la perfección y a la plenitud la normativa veterotestamentario, une el cuerpo y la sangre, como elementos dadores de vida divina.
3. La Sangre de Cristo, es decir, la vida de Cristo, es el precio de nuestra vida. A este propósito afirma San Pedro en su primera carta capítulo 1, 18-19: “Sepan que fueron rescatados no con oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero inmaculado y sin tacha”.
¡Qué profundo y cuánto dice esa frase, leída a la luz de Levítico 17, 11: “La sangre expía en lugar de la vida!”. El que peca merece la muerte. Para tener la vida, otro debía dar su sangre, su vida por él. En la antigüedad se ofreció la vida de un animal por la vida de un hombre. Pero a Dios no le agradó este sacrificio. La vida de un hombre se igualaba a la de un animal. En Cristo, Dios equiparó al ser humano a otro ser humano, más aún a Dios mismo, porque Cristo es el Hijo de Dios hecho hombre.
Cristo murió por mí y por ti. Dio su sangre, su vida. Ese fue el precio. Por nuestros pecados estábamos muertos.
Se comprende esto mejor cuando tomamos contacto en la vida diaria: para salvar a alguien, para transformarlo, para liberarlo, es necesario sacrificarse, dar la vida por él.
La vieja norma de Lev. 17, 11 más que una prescripción legal es una prescripción inserta en la naturaleza humana. Cuando un hombre peca está profundamente marcado. Está muerto. Para que tenga vida otro ha de infundirle vida dándole su propia vida. Entonces, vivirán los dos.
4. Las alianzas y pactos se firman con sangre. Duarte y los trinitarios firmaron su juramento con sangre de sus venas. La antigua y nueva alianza entre Dios y la humanidad se firmaron con el sacrificio y la sangre de animales en el caso del Viejo Testamento y con la muerte y sangre de Cristo en el Nuevo. Esa era la praxis cultural: la garantía de la palabra dada y de los compromisos era la sangre, la propia vida.
Antigua Alianza: “Tomó Moisés la sangre y roció al pueblo diciendo: Esta es la sangre de la alianza que hace el Señor con ustedes, sobre todos estos mandatos” (Éxodo 24, 8).
Nueva Alianza: Jesús, “tomando una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio y todos bebieron. Y les dijo: “Esta es mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados” (Evangelios: Mateo 26, 27-28; Marcos, 14, 23-23-24; Lucas 22, 20).
5. Por la muerte y la sangre de Cristo recibimos todos los bienes. Tomando textos bíblicos, citemos los tres siguientes:
5.1 La redención y el perdón nos son dados por la sangre: “En él tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de los delitos, según la riqueza de su gracia que ha prodigado sobre nosotros en toda sabiduría e inteligencia” (Efesios 1, 7-8).
5.2 La unión entre todos es posible por la sangre: “Estabais a la sazón lejos de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel y extraños a las alianzas de la Promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo.? Mas ahora, en Cristo Jesús, vosotros, los que en otro tiempo estabais lejos, habéis llegado a estar cerca por la sangre de Cristo” (Efesios 2, 12-13).
5.3 La paz es el fruto de la sangre: “Pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la Plenitud, y reconciliar por él y para él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos” (Colosenses 1, 19-20).
Ya el mismo Juan en su evangelio había dado testimonio del siguiente hecho a propósito de la crucifixión de Jesús: “Al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino, que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua” (Juan 19, 33-34).
6. La sangre del inocente clama venganza al cielo: Las guerras, las violencias, los asesinatos derraman sangre de hermanos, porque todos somos miembros de la misma humanidad. Son vidas arrancadas antes de tiempo.
De ahí el mandamiento divino: “No matarás”.
Cuando Caín mató por envidia a su hermano Abel, Dios le reclamó y le dijo: “¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano, clamar a mí desde el suelo” (Génesis 4, 10).
Toda sangre derramada, toda vida arrancada violentamente, tiene que ser reparada, más tarde o más temprano.
Cristo derramó su sangre para que no se derramara más sangre humana y viene misericordiosamente en ayuda de los que han derramado sangre para que reparen el daño que han hecho.
CONCLUSIÓN CERTIFICO que “Eucaristía y sangre” es el texto de la homilía que pronuncié el jueves 11 de junio 2009, Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, en el Estadio Cibao.
DOY FE.
† Monseñor Ramón de la Rosa y Carpio es el arzobispo de Santiago
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