Desde hace unas tres décadas hasta el año pasado hablar sobre las teorías de John Maynard Keynes era una mala palabra. Cualquier economista que osara acudir o replantear las mismas era tildado de desfasado y obsoleto.
Durante todo ese tiempo se imponían las ideas de Milton Friedman, Arnold Harberger y los Chicago Boys, que propiciaban la libertad de mercado y la desregulación absoluta del control de la economía instaurándose una especie de “fundamentalismo de mercado”.
Siempre he sido escéptico de los absolutismos de cualquier tipo –sean políticos, económicos o ideológicos– porque tratan de sustituir la capacidad de discernimiento en relación a las circunstancias que se presentan en cada caso, por el establecimiento –a rajatabla– de sus principios que procuran sus intereses determinados.
Keynes –propulsor del intervencionismo estatal– enfatizaba el peso de las políticas públicas en la actividad económica, proponiendo el uso de medidas fiscales y monetarias activas para contrarrestar las perturbaciones de la demanda privada y mitigar los efectos adversos de las crisis cíclicas de la actividad económica.
En la década de los 70’s surgió una nueva escuela económica que propugnaba más por el lucro incesante a través del mercado –libertad de mercado–, cuyo afán de ganancias no tenía límite alguno, al punto de establecer como fundamento básico –teoría de la escuela austriaca de bonanza y crisis– que los mercados eran perfectamente eficientes.
Esta nueva tendencia dejaba de lado los principios filosóficos de Keynes: de que ningún sistema podía funcionar sin reglas –una especie de ética del capitalismo–, que incluso fijaba deberes a la riqueza al propugnar que “hacer que el mundo fuera éticamente mejor era el único objetivo que justificaba el esfuerzo económico”.
Ante los acontecimientos de la crisis financiera global –la más violenta y devastadora de toda la historia–, se ha tenido que recurrir al intervencionismo directo del Estado, estableciendo nuevas y severas regulaciones financieras –un inequívoco retorno a los principios keynesianos–, y acudiendo en ayuda de las entidades más afectadas por el impacto de la crisis.
El principal biógrafo de Keynes, Robert Sidelsky, en su nueva obra “el regreso de Keynes” establece que “la causa esencial de la presente crisis se encuentra en el fracaso intelectual de la economía.
Fueron las ideas equivocadas de los economistas las que legitimaron la desregulación de las finanzas y fue la desregulación de las finanzas la que llevó a la explosión de crédito que ha producido la crisis financiera”.
Miguel Reyes Sánchez es abogado
| < Anterior | Siguiente > |
|---|
Comentarios (0)