Desde hace unos años, hemos ido observando cómo constantemente la decadencia moral va ganando más espacios en la sociedad, sólo basta con hojear cualquier periódico para sentirnos agobiados por los innumerables acontecimientos que nos confirman esa triste realidad.
La profunda crisis ética se ha ido incorporando como parte de la vida social con una preocupante pérdida de valores.
Hay un aislamiento y un alejamiento peligroso de los valores que permitieron construir la sociedad en que vivimos.
Valores esenciales como la bondad, la honradez o la fidelidad se han devaluado a expensas de otros intereses como el poder, el dinero, la influencia y el placer. A veces nos quedamos estupefactos con los titulares de la prensa, y a las personas que involucran.
Por eso muchos jóvenes a quienes servimos de orientadores en las diversas universidades del país se cuestionan sobre el enorme sacrificio que realizan muchos de ellos para convertirse en profesionales y las oportunidades que se le podrán presentar en el futuro.
El peso de la influencia de la familia y la escuela han quedado de lado; el establecimiento y pauta de lo deseable y meritorio, de lo aceptable y de lo bueno, vienen signados por la búsqueda acelerada de cómo hacer fortunas –y percibir de la forma más rápida posible la mayor cantidad de dinero–, siendo capaces de las asociaciones y travesuras más impresionantes –incluso personas que jamás han tenido necesidad alguna– sólo para alcanzar una posición social determinada.
De ahí tantos espectáculos desagradables de los que cada día somos testigos: secuestros, narcotráfico, el lavado, corrupción administrativa, contrabandos, desfalcos y muchos otros flagelos similares.
A veces vemos con estupor cómo personas llamadas a servir de guardianes, orientadores y educadores de las familias, se adhieren a esta vorágine delictiva para cometer hechos abominables que sólo revelan el penoso manto de perversión y desasosiego que se ha ido adueñando de la sociedad.
Ante esa corriente de negatividad, tengo optimismo en que podemos superar estas flaquezas con mayor unidad familiar, educación y buena orientación.
Hay muchos ejemplos en la sociedad –los menos promocionados, desde luego– que se preocupan por ejercer con dignidad, profesionalidad y honestidad sus diversos roles sociales. Individuos que con su labor cotidiana van trazando caminos de entereza y responsabilidad.
No podemos transigir ante tanta inmundicia, hay que trabajar para revertir esos males globales que afectan también a esta sociedad e inculcar desde el hogar –en la formación primigenia de la familia– esos valores inquebrantables para formar a entes integrales que no tengan tanto apego a las cosas materiales.
Miguel Reyes Sánchez es abogado
Comentarios (0)