En estos días se ha dado una buena noticia y es la reducción en un 32% de los feminicidios ocurridos en el país entre enero y agosto de 2009, con respecto a igual período de 2008.
Este es un problema prácticamente universal, no sólo circunscrito a nuestro país, ni a las regiones más pobladas ni a los espacios urbanos, sino que en cualquier momento y en cualquier lugar puede producirse una injustificable agresión de este tipo.
Todo indica que las campañas públicas sobre violencia de género han ido dando resultados positivos en el país, ya que se ha ido creando mayor conciencia y empoderamiento, cuando las víctimas saben dónde acudir.
Sin embargo, hay que continuar los esfuerzos contra ese tipo de violencia que afecta de manera determinante al núcleo familiar. A veces, resultan impresionantes los casos que cotidianamente conocemos por la prensa, y sólo un porcentaje mínimo de las denuncias reportadas llegan a los tribunales.
Entre las diferentes formas de violencia que padece la sociedad contemporánea, la llamada violencia de género es una de las más odiosas porque implica un abuso de superioridad física que se aprovecha con frecuencia de la difícil situación social o familiar de las víctimas.
A consecuencia de esto, la mayoría de las mujeres retiran las querellas, después de que el agresor es encarcelado, ya que normalmente son dependientes económicamente de ellos.
Sólo una denuncia a su debido tiempo permite prevenir futuros dramas, pero ello exige la máxima eficacia de las medidas policiales y judiciales que se adopten contra el agresor, puesto que -en caso contrario- es probable que éste se sienta estimulado a continuar incrementando su conducta intolerable, convirtiendo la vida de muchas personas en un verdadero infierno, con una repercusión evidente en los hijos.
La sociedad no puede tolerar una lacra de este tipo, en la que se mezclan prejuicios socialmente arraigados con situaciones de desamparo económico y moral.
No bastan los buenos deseos que se encuentren estipulados en las legislaciones, hay que atacar esta situación con una estrategia integral que incluya educación, represión y crear conciencia sobre el rol de la relación de la pareja, y las obligaciones y derechos de ambos cónyuges.
Sólo de esta manera se podrán continuar reduciendo esas estadísticas inquietantes, detrás de las cuales se oculta una tragedia humana.
Miguel Reyes Sánchez es abogado
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