Patria Rojas era una mujer distinguida, apreciada por todo el mundo, porque tenía como esposo a un hombre “bonachón” y que por su carisma y fama había concitado el favor de importantes sectores de su país.
Juan Batista, cariñosamente (don Quinquín), había fundado un pequeño negocio en la ciudad de Nueva York, Estados Unidos, pero al llegar al país, gracias a su esfuerzo y ayuda de algunos amigos, al poco tiempo el establecimiento creció y se convirtió en un emporio, que celosamente manejaba.
En todas las comunidades del país, don Quinquín estableció sucursales, para beneplácito de Patria que veía cómo su esposo progresaba y atraía a millares de personas que lo buscaban para “negociar”.
Don Quinquín, que no tenía hijos, adoptó a un reducido círculo de amigos, a los que puso al frente de su empresa, manteniendo un estricto control de la misma, y trabajaba por conservar el favor de su clientela, los sectores populares.
Batista, junto a su esposa Patria Rojas, tuvieron casi dos décadas atendiendo su emporio, y parte de los recursos generados los invertía en cambiarle la cara a su pueblo, con obras de infraestructura, destinadas a las clases media y pobre. Era enemigo de las deudas, porque la palabra préstamo, no era parte de su léxico.
Al paso del tiempo, ante el auge económico del emporio de don Quinquín, algunos medios de comunicación denunciaron algunas “indelicadezas” de parte de sus allegados, aun no comprobadas en tribunales, que se enriquecieron al vapor, pero a don Quinquín le eran indiferente esos “chismes” de patios y comadres, según decía.
A pesar de todo, don Quinquín luchó por mantener a flote su emporio, pero no contaba que tenía en su contra los años y las enfermedades, llegándole su hora de dejar este mundo, ante el pesar de muchos.
Para Patria Rojas fue devastador el fallecimiento de don Quinquín, temiendo la caída de su emporio, lo que ocurrió, al no dejar preparado a un sucesor que se encargara del mismo.
Pasado los años, como era de esperarse, quebrado el negocio, los allegados de don Quinquín, se aliaron a la competencia, un emporio nuevo a cargo de los esposos Leoncio Ferreras y Marisol Castillo.
Pero ahora, los antiguos amigos de don Quinquín quieren abrir tienda aparte y conquistar a Marisol, la esposa de Leoncio, para atraerla a su negocio, pero se duda de que eso ocurra, porque a la viuda Patria Rojas la dejaron en desbandada y sin esperanza. Ahora mismo, levantar el emporio de don Quinquín es un sueño irrealizable, por más maniobras y negociaciones que hagan los pocos allegados que aún le quedan.
Miguel Matos es periodista
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