Cuando un rey o un jefe de Estado, de cualquier país, va a dirigirse al pueblo, a través de los medios de comunicación, radial, escrito, televisado o por la Internet, ante una situación difícil, todo el mundo se mantiene a la expectativa para recibir, aceptar, analizar o rechazar su mensaje.
Todo depende del tema que éste aborde y cómo podría afectar la vida de los habitantes de un reino o de una nación, cuando hacen reivindicaciones sociales y económicas para mejorar su calidad existencial. En caso de insatisfacer sus expectativas se producen dificultades, cayendo, muchas veces, en el desorden y la ingobernabilidad.
Pero hace dos milenios, habló y todavía repercute en el corazón del hombre, el sermón pronunciado, desde un monte, por el Rey de los siglos, inmortal, invisible, el único y sabio Dios, nuestro Señor y Salvador Jesucristo, ante una abigarrada multitud, delineando su reino, con promesas fieles para esta vida y la venidera.
En ese sermón Jesús, promete que son bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos; los que lloran, porque ellos recibirán consolación; los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad; los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados; los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia; los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios; los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios; los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos; y cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. (Mateo 5:3-11). Estas bienaventuranzas, dichas por Jesús, no son demagógicas, y se cumplen, cabalmente, en aquellos que buscan “primeramente el reino de Dios y su justicia”. Jesús exhorta a los hombres a no hacer “tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino en el cielo donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan”.
Atesoramos en el cielo cuando amamos a Dios y al prójimo como a nosotros mismo. En su sermón Jesús enseña, entre otras cosas, sobre el incentivo para la oración, diciendo: “Pedid, y se os dará, buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá”, (Mateo 7:7-8). Jesucristo promete que todo lo que pidiereis al Padre en su nombre, él lo hará “para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré”, (Juan 14:13-14).
Miguel Matos es periodista
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