En la vida hay sueños que se hacen realidad, pero otros son pesadillas. Tal es el caso de Amnistía Internacional (AI), de varias ONG, Estados Unidos, Francia y Canadá que aspiran, desde hace tiempo, integrar a la República Dominicana con Haití, dos países de etnias, costumbres e idiomas diferentes, que comparten una misma isla.
El sueno de AI y de otros países es que se permita la entrada masiva de indocumentados haitianos, manteniendo una política de “frontera abierta” en detrimento de nuestra soberanía.
En cuanto a Amnistía Internacional, esta se define como “gente común de todo el mundo que defienden los derechos humanos y que su propósito es proteger a las personas allí donde se les niega la justicia, la equidad, la libertad y la verdad”, pero ¿por qué ese grupo no protesta y le traza pautas a Estados Unidos, por las continuas deportaciones de ilegales mejicanos, dominicanos y de otros países? Lo mismo hace España, Francia y Canadá.
El pasado siete de enero AI instó a las autoridades dominicanas a detener de inmediato la deportación en masa de los inmigrantes haitianos, en momentos en que en el país consideraban necesario prevenir la propagación del cólera y otras plagas.
Tras el terremoto de enero de 2010, alrededor de 200 mil haitianos, por razones humanitarias, fueron acogidos provisionalmente. Ahora el Gobierno lucha por repatriarlos, pero lo hace tímidamente, evitando las críticas de organizaciones internacionales, y de algunos dominicanos, que integran ONG’s, que no les duele su país.
Se estima que aquí residen, mal contados, al menos dos millones de haitianos, la mayoría ilegales, y se percibe que el número va aumentando. Los ilegales han desplazado a vendedores de frutas, de tarjetas de teléfono, mano de obra en la industria de la construcción, en labores agrícolas, vigilantes privados, limpia vidrios de vehículos y a los buhoneros.
Pero si este acariciado sueño de Amnistía Internacional, las ONG, Estados Unidos, Francia y Canadá se hace realidad, dentro de poco tiempo, el país estaría repleto de haitianos por los cuatro costados. Sin dudas, perderíamos nuestra nacionalidad, soberanía, costumbres y salubridad, convirtiéndonos en un desordenado conglomerado social domínico-haitiano.
Las reiteradas denuncias hechas, sobre la “invasión pacífica” haitiana y la timidez del Gobierno en resolverla, podría crear una situación muy explosiva que todos lamentaríamos, porque ahora juntas de vecinos organizadas en distintos puntos del país amenazan con sacar a los haitianos, a la buena o a la mala, lo que sería desastroso.
No permitamos que llegue el tiempo que sean los haitianos que nos pregunten: ¿Diga perejil?, y le respondamos “perejile” lo que sería una amarga pesadilla. Por Dios, no queremos que eso ocurra.
Miguel A. Matos es periodista
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