El apóstol Pablo en su carta a la Iglesia de Galacia le informaba a los creyentes de su conducta pecaminosa, antes de haber tenido un encuentro con Jesucristo resucitado, cuando iba camino hacia Damasco, Siria, tras haber recibido autoridad de la jerarquía religiosa de Jerusalén, para perseguir, apresar y torturar a los cristianos.
Saulo de Tarso, que luego se convirtió en el apóstol Pablo (pequeño) les decía a los gálatas “porque ya habéis oído acerca de mi conducta en otro tiempo en el judaísmo, que perseguia sobremanera a la iglesia de Dios y la asolaba” (Gálatas 1:13).
Pablo, quien era un fanático religioso judío, recibió por pura gracia, la revelación del evangelio de Jesucristo, convirtiéndose en apóstol, no de hombres ni por hombre, sino por Jesucristo y por Dios el Padre que lo resucitó de los muertos. El mismo Dios le encomendó a Pablo predicar, el evangelio, a los gentiles.
En sus 14 epístolas, fundamentales para la doctrina cristiana, Pablo enseña que un creyente, nacido de nuevo, es santificado por Dios y no por hombre alguno. “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de Nuestro Señor Jesucristo” (1 Tesalonicenses 5:23).
El término santificar, significa apartar, consagrar, dedicar, purificar, y Pablo dice: “Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos; por lo cal no se avergüenza de llamarlos hermanos” (Hebreos 2:11). El apóstol Pablo sostiene que los que han creído en Jesucristo, que han nacido de nuevo y obedecen su palabra, fueron escogidos “en Él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de Él”, (Efesios 1:4).
Durante su fructífero ministerio, el apóstol Pablo predicó en la ciudad de Corinto, que se distinguia por su actividad comercial, idolatría e inmoralidad sexual. En esa ciudad el apóstol estableció una iglesia en la que tuvo que afrontar serios y graves problemas. En su epístola a esa iglesia, Pablo la dirige “a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro” (1 Corintios 1:2).
En una de sus cartas el apóstol Pablo señala que por medio de Jesucristo “los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre. Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” (Efesios 2:18-19).
Cristianos, hombres y mujeres santos, le sirven a Dios, por pura gracia, en el mundo entero.
Miguel A. Matos es periodista
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