Su nombre era Juanita, nunca supe su apellido, vivía en un prostíbulo frente a mi casa en la calle Juana Saltitopa, de Villa Francisca, siempre estaba triste y llorosa. Había caído en aquel lugar engañada por una proxeneta, que la empleó como doméstica, pero no la pudo convencer para que ejerciera la prostitución.
El lupanar estaba repleto de jovencitas, en su mayoría adolescentes, procedentes de la zona rural. Algunas se habían escapado de hogares disfuncionales, por abusos físicos y morales.
Otras, en cambio, con muy baja escolaridad, estaban en ese lugar al considerar que obtenían mayores beneficios que con un trabajo decente.
Juanita, de hermosa apariencia, apenas 16 años de edad, de tez blanca, pelo negro y ojos del mismo color, se había criado en un hogar donde se respetaban los valores, saliendo de allí con la esperanza de trabajar y de ayudar a su familia, pero no como prostituta.
Nunca permitió que hombre alguno la tocara, siendo tratada burlonamente por la proxeneta y las jóvenes del lupanar, calificándola de santurrona y mojigata.
Era mantenida casi como una presa, porque de acuerdo a la proxeneta, había invertido en ella un dinero para su traslado a la capital y que le debía, además, el alquiler de la habitación.
No permitía que se juntara con jóvenes de su misma edad y, mucho menos, hablar con extraños.
En una ocasión, con cierto temor, me acerqué a Juanita y me contó su triste historia, pero nada podía hacer, pues sólo contaba con 14 años.
Un señor que frecuentaba el prostíbulo, tras conocer su historia, sacó a Juanita de ese lugar, luego de amenazar a la proxeneta de denunciarla por perversión de menores.
La llevó a su hogar, en el sector de Gazcue, para que ayudara a su esposa, sintiéndose Juanita momentáneamente liberada.
Pero, para desgracia de Juanita, su amigo, aprovechando que su esposa viajó al exterior, comenzó a acosarla, pero ésta, luchando como una fiera, no se dejó tocar. La sacó de la casa, confinándola a permanecer en un maloliente retrete al fondo del patio. Pese al maltrato, no la doblegó.
Juanita pasaba día y noche llorando, los vecinos que oían su llanto no se atrevían a llamar a la Policía porque temían que este señor reaccionara violentamente en su contra.
Cuentan algunos vecinos que Juanita, para librarse del maltrato, escapó.
Otros dicen que durante un atardecer, vieron una gran ave, especie de águila, que voló por encima del retrete y tomó con sus fuertes garras a Juanita, y cuando levantaba vuelo se convirtió en un ángel. Juanita se había ido de este mundo. Nadie supo más de ella.
Miguel A. Matos es periodista
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