Cuando era un adolescente vivía en el sector de Villa Francisca y frente a mi casa, en la calle Erciná Chevalier, luego Juana Saltitopa, había un alegre burdel, donde más de una decena de jovencitas prestaban “sus servicios” y mantenían una “selecta clientela” de empresarios, comerciantes, artistas y funcionarios gubernamentales, entre otros.
La proxeneta, doña Elena, dueña del burdel, se empeñaba en “contratar” jovencitas, de hermosa apariencia, para que trabajaran en su casa como domésticas, pero la realidad era otra: laborar como prostituta. Algunas aceptaban, otras no.
El sector estaba molesto con la existencia del burdel o “casa de cita”, donde los escándalos y pleitos que se suscitaban allí, entre prostitutas y clientes, era el pan de cada día, situación que tenía a la gente al volar.
Las riñas también se producían cuando las prostitutas se disputaban, entre ellas, a un cliente, y en varias ocasiones vimos correr sangre, caras cortadas con navajas, rostros desfigurados y golpeados. Ante esos escándalos los vecinos llamaban a la Policía.
Pero lo más aberrante y triste fue cuando otro burdel, en la calle Ravelo, propiedad de doña Pucha, que le hacía competencia, al de la Juana Saltitopa, reconoció que su clientela menguaba, por lo poco atractiva de su “mercancía”. Entonces se le ocurrió la idea de sonsacar las muchachas “hermosas”, con ofertas que no pudieran rehusar, mejores que la del otro “negocio”, produciéndose un masivo “transfuguismo”.
Esto degeneró en una enemistad casi mortal entre las dos proxenetas que ni siquiera se podían ver. El transfuguismo no es exclusivo de los burdeles, sino que también se da en otras actividades, como en la política.
El término “tránsfuga” tiene una connotación de traición, de deslealtad. Por esa razón, creo que el transfuguismo político, la popular “voltiatortilla”, es la estrategia de la deshonestidad, que se materializa en volteretas políticas como las que ocurren en los principales partidos, que compran con dinero, a su mejor conveniencia, a potenciales candidatos y dirigentes para mantener a mayorías en cámaras legislativas o en ayuntamientos. El transfuguismo político en el país, no es nada nuevo, pero cuando se produce entre personas, que se supone pensantes, es más indecoroso que el registrado entre los burdeles como los de la Juana Saltitopa y la Ravelo, en los que mujeres jóvenes pobres e ignorantes, se ven obligadas a vender su cuerpo para sobrevivir.
Cualquier parecido con algunos políticos, que se dejan sonsacar o que diligencian pasarse a otros partidos, por conveniencia económica, no es pura coincidencia.
Miguel A. Matos es periodista
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