Durante el desarrollo de la campaña electoral, los candidatos a cargos congresuales y municipales no presentan una oferta que llame la atención a los posibles votantes.
Solo se limitan a repetir las mismas promesas, por supuesto con tintes demagógicos, que están cansados de utilizar nuestros políticos del patio.
Casi todos los aspirantes prometen lo mismo, pero todo el mundo sabe que cuando obtienen el cargo, cual que sea, les entra una profunda amnesia, olvidándose totalmente de todo lo prometido.
Algunos son mentirosos, por antonomasia, y sufren del síndrome de Pinocho, aquel personaje de un cuento infantil, que le crecía la nariz cada vez que decía un embuste.
La mentira es uno de los peores defectos del ser humano, sobre todo, la mentira dicha con el único afán de obtener un beneficio personal en perjuicio del resto de las demás personas, lo que se estila entre los políticos.
La mayoría de los aspirantes a cargos electivos, en el desarrollo de sus campañas, carecen de creatividad, de ideas nuevas que sean atractivas, y la población les hace caso omiso a sus ofertas. El político mentiroso no es nuestro amigo.
Alguien dijo que cuando haya un político con buenas intenciones, desaparecerá la política. Los nuevos aspirantes a cargos electivos no deben abrazar la mentira y la demagogia como sus armas de campaña, porque está latente el síndrome de Pinocho, para que a los de nariz perfilada no se les alargue y a los otros no se les anche y les cubra la cara. Sin embargo, en nuestro ambiente, no es extraño ver a los denominados políticos veteranos con trompas de elefante.
Estos señores creen que una mentira repetida mil veces, puede parecer una verdad, pero en su esencia, siempre será una mentira. No mentir, es un mandamiento divino.
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