La política en este país se ha convertido en un negocio muy lucrativo para algunos aspirantes a cargos electivos, que realizan inversiones económicas para obtener y conservar posiciones, afectando así la credibilidad de lo que aún nos queda y conocemos como democracia.
Sin embargo, en este ámbito social, no se puede juzgar a todos con la misma vara, debido a que hay sus excepciones, de políticos serios y conscientes de su rol.
En las pasadas primarias, celebradas por los partidos políticos mayoritarios del país, no es un secreto que corrió mucho dinero para comprar conciencias.
Ese dinero se distribuyó entre dirigentes y miembros de comités de base, a fin de comprar apoyo a aspiraciones a cargos electivos. Algo realmente asqueante. Si eso ocurrió ahora, en las primarias, qué no será en el proceso electoral del 16 de mayo del 2010.
Hay aspirantes que no reparan en invertir cuantiosos recursos económicos, dándose el caso de algunos que comprometieron sus bienes, endeudándose hasta la coronilla, para financiar sus campañas.
Y tras lograr la posición no se ruborizan al decir que se las arreglarán para recuperar su inversión. A estos señores no les importa a quién o a quiénes tengan que aplastar.
Olvidan que para ser un buen político primero tienen que aprender a ser buenos ciudadanos.
Es lamentable, pero ahora la política se ha convertido en asegurar el bien común de unos pocos, en detrimento de las comunidades que trabajan buscando el bienestar para todos. La mayoría de nuestros políticos y politiqueros ignora que el bien y el orden social de un político es encontrar su principio de ordenación en el fin social, que debe ser siempre el bien común.
Pero en su afán de enriquecerse olvidan su compromiso con sus respectivas comunidades, que los favoreció con sus votos.
Alguien dijo que cuando una persona que ha contraído un deber para con su patria desde el momento de su juramentación al frente del Estado y ha de cumplir con una serie de responsabilidades delegadas por la misma sociedad, para propiciar su bienestar y engaña, es algo sumamente preocupante.
Además, se entiende que si se tiene conciencia y raciocinio del bien común no debería haber ningún motivo para engañar, al contrario, debería haber transparencia en toda su labor, para mantener la confianza y el respeto de los demás.
Pero, lamentablemente, esto es quizás de lo que más carece la mayoría de nuestros políticos, porque se ha demostrado a través de los años que aspiran llegar a la administración pública para ultrajar y enriquecerse ilícitamente a costa del sacrificio de un pueblo hambriento y desesperanzado.
Estamos hastiados de ver camadas de comerciantes de la política que nos avergüenzan, y son los responsables de que el pueblo consciente reste credibilidad al enfermizo y debilitado sistema democrático.
Miguel A. Matos es periodista
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