En un pequeño país gobernaba un rey, viejo y necio que no admitía consejos, cuyo reinado era tan deficiente que mantenía hastiado a todo el pueblo.
La gente lo soportó durante muchos años, esperando que surgiera un heredero, pero el tiempo pasaba y la situación era cada día más difícil.
El pueblo ya cansado se dispuso a deponer al rey, y ascendió al trono un muchacho pobre y sabio que de la cárcel salió para reinar.
Salomón, en Eclesiastés 4:15-16, dice que vio a todos los que viven debajo del sol caminando con el muchacho sucesor, y que no tenía fin la muchedumbre del pueblo que le seguía. Sin embargo, añade, que los que vengan después tampoco estarán contentos de él. Al principio de su reinado, el joven soberano gobernó bien, pero luego, comenzó a descuidarse y adoptar medidas que sus súbditos no asimilaban.
Un día apareció en el palacio real un extraño, y ante la sorpresiva presencia de este carismático personaje, hizo que el gobernante consultara rápidamente su agenda, pero no tenía programada ninguna visita, por lo que, a su juicio, era inexplicable que alguien pasara a su despacho, sin ser detenido previamente por los eficientes mecanismos de seguridad.
El monarca, que se identificaba como príncipe y no como rey, le preguntó el motivo de su visita, y este señor le respondió que era portador de un mensaje divino. Y mientras estaba delante del príncipe, su apariencia cambió a la misma imagen del soberano, quedando éste sorprendido, porque era como si estuviera delante de un espejo.
Ante el asombro del príncipe, el personaje en su mensaje, entre otras cosas, lo conminó a cumplir las promesas hechas al pueblo, para mitigar el gran descontento, añadiendo que los miembros de su parlamento le mentían sobre la realidad de su país, que cada día se deterioraba.
Aconsejó al príncipe a escuchar y atender las denuncias y reclamos de su pueblo sobre la corrupción existente en su reinado, la falta de seguridad, injusticia por doquier, vicios aberrantes, deficiencias en la educación, la salud, leyes inoperantes, crisis económica, y el enriquecimiento desmedido de sus ministros y colaboradores.
Avergonzado el príncipe tras conocer las denuncias y lo poco que su gobierno había hecho para enfrentarlas, al levantar la vista para responder, el personaje ya no estaba.
La seguridad sostuvo que no vio entrar ni salir a nadie del despacho. El príncipe quedó pensativo ante la visión.
Comprendió que había hablado, con su propia conciencia, no con un personaje real. Desde ese día, el príncipe aprendió a bien gobernar y no trillar en los mismos errores del rey viejo y necio.
Miguel Matos es periodista
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