Si se analiza nuestra historia reciente, nos damos cuenta de lo poco que hemos avanzado en la solución de problemas fundamentales. Pese a las halagüeñas cifras del crecimiento económico y del cambio del perfil de la capital y otras ciudades, muchos de nuestros problemas siguen siendo los mismos de hace varias décadas, como la debilidad e ineficiencia del sistema educativo y los servicios públicos esenciales, y el desempleo.
Otros se han agravado como consecuencia de la falta de acción, como la seguridad ciudadana, la inmigración y el tránsito. Naturalmente que en una sociedad siempre habrá retos y problemas por resolver, pero lo penoso en nuestro país es que en algunos aspectos seguimos atrapados en la solución de problemas primarios.
Es el caso, por ejemplo, del servicio eléctrico, donde todavía seguimos sin solucionar el problema básico de la cadena deficitaria de pagos, cuando se suponía que de haberse continuado con el efímero proceso de reforma, deberíamos estar hoy día discutiendo temas de regulación del mercado, competencia y calidad del servicio.
Lo mismo sucede con la educación; nuestras carencias son tan fundamentales que ocupamos los peores lugares del mundo en el área y en vez de estar discutiendo cómo mejorar la calidad de nuestro sistema y hacer que sirva para formar los recursos humanos requeridos para el desarrollo de nuestros sectores productivos, estamos en la prehistoria buscando excusas para invertir los recursos que por mandato de la ley deben ser destinados a la instrucción.
Es lógico preguntarse por qué nos sucede esto, si a diferencia de muchos de nuestros vecinos regionales hemos tenido gobiernos democráticos en las últimas décadas y no tuvimos guerras civiles recientes ni guerrillas, como es el caso de Centroamérica y Colombia. Las causas son diversas, pero, sin lugar a dudas, una de ellas es porque nuestros gobernantes han empleado más su tiempo en desarrollar una estructura clientelista de mando que les permita perpetuarse en el poder, que en resolver los problemas fundamentales de la nación. Recientemente, las autoridades se concentraron en promover una nueva Constitución hasta lograrlo.
Sin embargo, una vez promulgada, tampoco ha habido tregua para que nos concentremos en solucionar los eternos problemas del país, pues la maquinaria de poder se ha empleado en buscar la forma de asegurarse el control de todas las instancias, así sea violando la Constitución, como ha acontecido con la pretensión de desconocer la necesidad de mayoría calificada para aprobar las leyes orgánicas o de promover una reelección consecutiva, prohibida por nuestra Carta Magna.
Si seguimos permitiendo que nuestros gobernantes continúen “amarrando la chiva”, nunca habrá tiempo ni voluntad para resolver los problemas fundamentales de la nación.
Marisol Vicens Bello es abogada
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