Nuestra historia ha pasado por buenos momentos que nos han permitido disfrutar de las libertades y del régimen democrático que hoy tenemos.
También por muchos malos que se han dado cada vez que los gobernantes de turno y sus acólitos se enfrascan en perpetuarse en el poder, provocando en ocasiones la ruptura del orden democrático.
El reciente acto celebrado en el Palacio Nacional en el que 26 senadores del partido oficial fueron a testimoniar al presidente Fernández su apoyo “en las tareas de defender su gobierno, su persona y su liderazgo político”; es una muestra más de hasta donde el afán de mantenerse en el poder es dañino en sociedades tan débiles institucionalmente como la nuestra.
La carta entregada por esos senadores quedará como una página oscura de nuestra historia. Para los que vivieron la ominosa era de Trujillo, esto habrá de recordarles las iniciativas legislativas de vergonzosas loas al tirano o las actitudes áulicas de muchos personajes de la época. Para los más jóvenes, les traerá el penoso recuerdo del tristemente célebre movimiento “Lo que diga Balaguer”.
Los que organizaron este evento y aquellos que no tuvieron la valentía de decir que no, para defender su condición de representantes de otro poder del Estado, han hundido de un plumazo el principio de la separación de poderes.
Esos senadores que juraron hace poco respetar y hacer cumplir la Constitución, de cuya aprobación fueron muchos de ellos parte activa, han expresado públicamente que para ellos lo importante no es lo que la misma consagre sino la decisión de su líder sobre “lo que más le conviene al país”; en franca alusión al debate sobre una posible reelección del Presidente, a pesar de su prohibición en la Carta Magna.
Con este bochornoso hecho han demostrado que sólo los inspira el afán de disfrutar de las mieles del poder, aunque esto signifique hundir nuestras frágiles instituciones y poner en peligro nuestra democracia; haciendo incluso un gran daño a su propio líder.
Por eso en nuestro país el desarrollo no depende de nuevas leyes o del voto de una Constitución, sino de que nuestro liderazgo abandone las actitudes que desde el inicio de la República la han envilecido, como el caudillismo, el servilismo y el clientelismo.
Confiemos en que no todo está perdido, pues al menos unos pocos se atrevieron a disentir y a hacer honor a su condición de miembros de otro poder del Estado. En los difíciles momentos que atraviesa nuestra vida democrática necesitamos contar con más funcionarios y ciudadanos dispuestos a actuar por el interés de la nación y no por lo que diga un caudillo. Respaldemos esos cuantos para que mañana sean sino muchos, al menos los suficientes para hacer la diferencia.
Marisol Vicens Bello es abogada
Comentarios (1)
Que pena da nuestro pais; todavia no hemos traspasado la epoca de la tierania ni de los doce anos.