En nuestro país solo las amenazas o catástrofes nos recuerdan las precarias condiciones en que vive la mayoría de la gente. Ante la posibilidad de que la epidemia de cólera que se ha desatado en Haití pueda afectar nuestro territorio, de repente muchos funcionarios recuerdan que puestos de expendio de alimentos y bebidas se multiplican en cada esquina sin reunir condiciones mínimas de higiene, poniendo en constante peligro la salud de nuestra población.
Casi todas las medidas de higiene requeridas para evitar el contagio, deberían ser seguidas todos los días.
La problemática haitiana siempre ha tenido un impacto sobre nuestro país por la unión indisoluble que tenemos al compartir una misma isla. Mientras hace unas décadas la preocupación internacional giraba en torno a las condiciones de vida de los inmigrantes haitianos en los bateyes de los ingenios; hoy día deberíamos estar más atentos a las precarias condiciones en que viven buena parte de ellos en Santo Domingo y otras ciudades del país, muchas veces dentro de construcciones en las que trabajan como obreros, enclavadas en el centro de estas ciudades.
Somos un país que vive bajo una ilusión de modernidad y desarrollo, que gasta como rico y malgasta como al que nada le cuesta, mientras la mayoría de la población carece de educación, salud, agua potable, vivienda y alimentación adecuadas. Esto se refleja cada año en el presupuesto de la nación y se evidencia en las vergonzosas calificaciones obtenidas en los índices mundiales.
Por eso en el proyecto de presupuesto para el año 2011 casi la mitad de los recursos destinados a inversión en obras públicas se los lleva la construcción de la segunda línea del metro de Santo Domingo, a la que se le asignan RD$13,000 millones, mientras otras obras prioritarias como pavimentación de calles y carreteras en todo el país, apenas recibirán RD$3,683 millones.
También por eso dedicaremos solamente 2.37% del PIV a educación, porcentaje que se ha mantenido prácticamente estático desde el año 2000 en el que invertimos 2.11%. Por el contrario el promedio del gasto educativo en Latinoamérica ha crecido en esta década del 4.2% al 5.3%. De esta forma definitivamente que no podremos salir de los últimos lugares en educación en el mundo.
Pero el cambio que necesitamos dar como país, no podrá concretizarse por más expertos internacionales que contraten nuestras autoridades para diseñar una estrategia de desarrollo, si nuestro liderazgo político sigue obsesionado por la conquista del poder o su mantenimiento y muchos congresistas continúen sin entender su misión dedicándose únicamente a ser activistas políticos en campaña; mientras los ciudadanos o le hacen el juego o simplemente se frustran. Por eso la única forma de dejar de ser el país de los contrastes es exigir un verdadero cambio.
Marisol Vicens Bello es abogada
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