Nuestro país tiene varias realidades, la del desarrollo, crecimiento económico sostenido y modernidad; y la de la pobreza, debilidad institucional y total carencia de servicios esenciales.
Al analizar las estadísticas económicas es indiscutible que hemos crecido. Sin embargo resulta difícil identificar en qué cosas hemos realmente mejorado.
En educación lamentablemente no es, por el contrario hemos empeorado.
Tampoco en salud pública, transporte público, servicio de agua potable y alcantarillado ni suministro de energía eléctrica, sólo para mencionar servicios esenciales.
La seguridad ciudadana que hasta hace poco no era un problema, hoy día es uno de los principales motivos de preocupación de la ciudadanía. Nuestro Estado que según las autoridades es actualmente más moderno y progresista, ha sido incapaz no sólo de resolver los problemas esenciales de la nación sino de transformarse para atender las necesidades que el crecimiento económico exige.
Nuestras ciudades han crecido de manera desorganizada, y las municipalidades son incapaces de atender sus demandas.
La autonomía de muchos organismos o el aumento de sus partidas presupuestarias no han servido de nada, pues el dinero se gasta en personal, edificios, mobiliarios, vehículos, publicidad, quedando muy poco para atender los servicios que están llamados a dar.
Por eso, muchas ciudades se convierten en vertederos atentándose contra la salud de sus habitantes, sólo porque el alcalde de que se trate gastó el dinero en campaña, nuestros hospitales públicos no están preparados para atender aceptablemente ni siquiera enfermedades como el dengue, nuestras cárceles no pueden asegurar el encarcelamiento de sus reclusos y la Procuraduría no puede garantizar el debido cuidado de las evidencias y cuerpos de delito.
Nuestras autoridades tampoco han sido capaces de tener un registro fidedigno del patrimonio nacional ni de defenderlo, por el contrario nuestra historia está plagada de ventas dolosas de bienes públicos a precios viles, para lucrar a funcionarios de turno y sus adeptos.
Este desordenado panorama se ha complicado con la penetración del crimen organizado en nuestra sociedad, que debido a la debilidad institucional, a la corrupción y a la impunidad, se ha expandido como la verdolaga.
Por eso ya no sólo nuestra población vive aquejada por estos males sino que tiene su propia vida puesta a riesgo, rogando a Dios no ser víctima de una bala perdida, de una agresión o de ser confundido con algún objetivo de un sicario. Sin embargo todavía estamos a tiempo de resolver muchos de estos problemas si nuestras autoridades marcaran el paso hacia su solución.
Pero para eso requerimos que nuestro Presidente en vez de utilizar su prestigio internacional para resolver conflictos externos se concentre en solucionar estos históricos males con más voluntad y menos demagogia, asistido de un mejor y renovado equipo, para que no seamos solo candil para la calle.
Marisol Vicens Bello es abogada
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