Afortunadamente gran parte de la sociedad dominicana repudia la oscura época de la dictadura y asociaciones integradas por familiares de víctimas de los atropellos de la misma realizan la encomiable labor de mantener vivo el recuerdo y legado de los que lucharon por rescatarnos de la tiranía.
Aunque de tiempo en tiempo acontece algún hecho que despierta el fervor antitrujillista, no es menos cierto que consuetudinariamente suceden acciones que mantienen viva una parte del odioso modelo creado por la dictadura sin que lamentablemente provoquen rechazo generalizado.
Luego de varias décadas de democracia sería justo esperar que algunas de estas actitudes convertidas en parte de la cultura dominicana hubieran evolucionado, pero no es así. Si bien tenemos un sistema presidencialista con funcionarios electos por el sufragio universal y una separación de poderes, el poder del Presidente sigue siendo demasiado absoluto en nuestra débil democracia.
Y no es cuestión de lo que expresen la Constitución ni las leyes, sino de una cultura de loa al poder y de servilismo que, al no encontrarse con un freno de parte de la autoridad de turno, sino que por el contrario ha sido ampliamente beneficiosa para aquellos que la practican, ha permanecido enraizada.
Los que vivieron los gobiernos del doctor Balaguer y todavía viven, tendrán forzosamente que admitir que salvadas las diferencias que las hay, muchas producto de la misma evolución histórica, el modelo de hacer política sigue siendo prácticamente el mismo.
Basta con observar las acciones áulicas que se repiten históricamente de seguidores de presidentes que sólo piensan en mantener o aumentar los favores que reciben, que no tienen reparos en manifestar la jefatura absoluta y permanencia de su líder, manteniendo así viva la falsa creencia de que la suerte de este país está necesariamente ligada al mandato de una persona en particular.
Definitivamente que en este sentido hemos avanzado poco, por eso todavía en este país toda la corte se traslada a rendir tributo al soberano, por lo que entienden una gran batalla ganada, como aconteció recientemente con el retorno del Presidente de su periplo europeo.
Nuestra sociedad en ocasiones se parece a los leones de un circo cuyos domadores anestesian para poder controlar mejor, los cuales no despiertan de su letargo por grande que sean los ruidos que acontezcan y se conforman con suplir sus necesidades mecánicamente.
No es un secreto que existe una gran apatía, una percepción de que nada puede cambiar y una falta de liderazgos capaces de aglutinar acciones en torno a objetivos comunes. Esta actitud naturalmente se da sobre todo en la parte de la sociedad que trabaja y aporta, pero no participa activamente en la política.
En medio del deterioro de nuestra sociedad, que no solamente padece los estragos de la corrupción, sino del crimen organizado que a través de sus poderosos tentáculos ha permeado todos sus estamentos; no podemos seguir indolentes, como el que mira impávidamente el desfile de una carroza funeraria.
Debemos despertar del cómodo letargo, dejar de pensar que mientras no me afecte directamente a mí no hay problemas y, asumir actitudes responsables para que las autoridades no sigan doblegando fieras anestesiadas.
Marisol Vicens Bello es abogada
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