Mucha gente que no está afiliada a ningún partido político, que no ostenta un cargo público, ni tiene contratos con el Estado ni tiene la potencialidad de tenerlos, piensa que no vale la pena ir a votar.
Algunos alegan que están desencantados de la política, que los candidatos no tienen verdaderas propuestas y sólo se preocupan por exhibir su imagen personal, que no hay real diferencia entre un partido mayoritario y otro, puesto que en el poder han auspiciado lo mismo: la corrupción, la demagogia y el clientelismo.
También alegan que acudan o no a votar el resultado será similar. Otros no han ponderado la importancia de estas elecciones de medio término que serán las últimas que celebremos con dos años de intervalo de la elección presidencial y otorgarán un período extraordinario de seis años de mandato a los legisladores, alcaldes y regidores que resulten electos.
Aunque existen opciones de partidos emergentes, la mayoría todavía entiende que votar por un candidato que no va a ganar es votar su voto, muchos de los cuales, sin embargo, se sentirían complacidos por ir a votar si pudieran marcar un recuadro que dijera “ninguno”.
Son tantos los indecisos, frustrados, apáticos y desinteresados que el porcentaje que les proyectan las encuestas es muy similar al que se estima podrían obtener los dos partidos mayoritarios sin contar con las alianzas; lo que podría convertir a la abstención en el tercer partido más importante.
Eso significa que si todas estas personas que no se sienten motivadas por ir a votar o al menos un porcentaje importante de ellas se decidiera por hacerlo, podrían marcar la diferencia determinando, por ejemplo, que candidatos independientes ganen los cargos por los que postulan.
No votar equivale a aumentar todo aquello por lo que se está desilusionado del quehacer político, ya que la abstención beneficia principalmente el statu quo. Se equivocan aquellos que entienden que no existen opciones, cada ciudadano puede al menos decidir de manera preferente entre varios candidatos a diputados por la circunscripción en la cual vota, aunque lamentablemente todavía tenga que beneficiar obligatoriamente con su voto al senador del partido al que pertenece dicho diputado.
Ese diputado o senador podrá una vez electo hacer la diferencia cuando tenga que votarse una reforma legislativa de las muchas que estarán en agenda, aprobar un contrato enviado por el Ejecutivo, solicitar la interpelación de un funcionario o promover transformaciones a lo interno del Congreso. Como los partidos se esfuerzan cada vez más en hacer que los funcionarios electos respondan más por los partidos que los nominaron que por los que le eligieron, la existencia de legisladores independientes es relevante cuando se trata de tener que contrarrestar mandatos partidarios que muchas veces no sólo responden al partido que tenga la mayoría, sino a acuerdos entre grandes partidos.
En definitiva existen muchas razones para votar, como la nada despreciable de que el derecho a elegir democráticamente penosamente todavía es algo vedado en algunas latitudes. Piense entonces que el 16 puede ser un gran día para manifestar lo que piensa votando y no desperdiciar su oportunidad de haber contribuido a tener mejores funcionarios y más contrapeso. Plantéeselo así.
Marisol Vicens Bello es abogada
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