Aunque hace más de dos mil años que con su pasión y muerte el hijo de Dios dio su vida por la salvación de la humanidad del pecado, una gran parte de ésta sigue sin entender su mensaje y la grandeza de su sacrificio.
El hombre ha conquistado muchos retos llegando al espacio, desafiando las distancias a través del inusitado desarrollo de los medios de comunicación y transporte, sin embargo ha reprobado en los aspectos más simples: no ha entendido el gran mandamiento que nos dejó Jesús, amarnos los unos a los otros como él nos amó.
Esta incapacidad de comprender lo esencial hace que vivamos repitiendo los mismos errores sin aprender de las experiencias, por eso seguimos recurriendo a la violencia para resolver conflictos aunque la misma sólo los agrava y muchas veces los vuelve insolubles y vivimos en una alocada y continua persecución de riquezas y poder terrenal, traicionando valores, confianzas y afectos. La equivocación más grande de la historia fue cometida por aquellos hombres que dudaron de la palabra de Jesús, no porque tuvieran argumentos válidos sino simplemente porque esa verdad les resultaba incómoda.
Más de dos milenios más tarde los fariseos de ayer no han desaparecido, como no ha desaparecido la ambición desmedida, la traición, la hipocresía y el odio. Por eso vivimos atrapados a pesar de los grandes descubrimientos científicos y avances tecnológicos, en las mismas miserias de siempre.
La Semana Santa es siempre una ocasión propicia para la reflexión, para pensar en cómo está marchando no sólo nuestra propia vida sino la de nuestra sociedad y el mundo que vivimos. Pero esta reflexión sólo puede servir si realmente tenemos la valentía de sincerarnos y cuestionarnos por cada una de nuestras acciones, y de medir qué estamos haciendo bien.
Pero lo más difícil es entender que hacer bien las cosas no consiste en tener éxito económico o profesional, ocupar altos cargos, acumular muchas riquezas y lograr posiciones de mando y control. Nada de eso significa nada si se ha logrado a costa de robar, mentir, engañar o traicionar y si no está acompañado de una genuina vocación de amor y sacrificio por los demás.
Uno de los doce apóstoles traicionó a Jesús y aun el que más lo amaba y sobre el que edificó su Iglesia, tal como él se lo pronosticó lo negó tres veces antes de que cantara el gallo. Esto nos muestra que no importa si nos equivocamos, pues como seres humanos imperfectos somos falibles, sino que lo importante es lo que gobierna nuestros corazones, si es la envidia, la ambición, la maldad, o por el contrario es la necesidad de amar y la convicción de que es mejor dar que recibir.
No sólo Judas entregó a su Maestro sino que cada uno de nosotros en algún momento de nuestras vidas lo estamos entregando, cuando somos injustos, cuando ponemos nuestros propios intereses por encima de aquellos de la comunidad, cuando robamos lo ajeno o le arrebatamos a nuestro prójimo mejores oportunidades de vida, cuando destruimos en vez de construir y hacemos daño en vez de bien.
Hoy, al recordar la celebración de la última cena del Señor, es una ocasión perfecta para preguntarnos al igual que lo hicieron sus apóstoles esa noche hace más de dos milenios, quiénes de nosotros lo estamos entregando cada día con nuestras acciones u omisiones. ¿Seré yo, Señor?
Marisol Vicens Bello es abogada
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