La ciudad de Santo Domingo tiene la gloria de ser no sólo la primada de América, sino la de tener la primera Catedral, la primera Universidad, entre otras primacías; sin embargo, nuestras autoridades y los mismos ciudadanos no hemos sabido cuidar nuestros tesoros.
La reciente selección de nuestra ciudad como capital americana de la cultura traerá probablemente un rico programa de más de 600 eventos culturales, los cuales una vez presentados sólo dejarán un grato recuerdo a sus espectadores.
Sin embargo, resulta totalmente contraproducente que celebremos con pompa esta designación mientras nuestra riqueza cultural palidece sin el debido cuidado y protección de las autoridades.
Es el caso de nuestros museos y de la Plaza de la Cultura, cuyo injustificado abandono de vez en cuando nos son recordados por trabajos periodísticos, que desnudan sus miserias, incluyendo amontonamiento de basura y bacterias que ponen en peligro sus colecciones.
El arte taíno, elemento fundamental de nuestra cultura, languidece en el Museo del Hombre Dominicano como recientemente fue denunciado, sin la debida información para los visitantes ni condiciones para resguardar sus colecciones de hurtos ni para recibir al público, sin climatización y con alfombras malolientes dañadas por la humedad.
Pero este es el caso también de otros museos, conservatorios y monumentos, del archivo de la nación, de la Biblioteca Nacional y de nuestra Ciudad Colonial, que siendo mucho más bella que otras en nuestra región, no goza del esplendor que debiera por falta de apropiada limpieza, iluminación y protección para la seguridad de los transeúntes.
Aunque de vez en cuando algún gobierno se acuerda de remozar un monumento, las obras se sobrevalúan y luego se abandonan, sin adecuado mantenimiento, por lo que al poco tiempo están sucias y deterioradas.
El propio Teatro Nacional, que es de lo que más se ha preservado, está bastante maltratado, sobre todo en su perímetro, en parte debido a las Ferias del Libro que se están celebrando allí, aunque no deberían.
Mientras los presupuestos de cada una de nuestras instituciones culturales no alcanzan, y muchas de ellas sobreviven gracias al esfuerzo de personas e instituciones sin fines de lucro que han permitido que conservemos por ejemplo una buena orquesta sinfónica; otras entidades públicas con roles ajenos a la actividad cultural, invierten sumas millonarias en colecciones de arte esmeradamente exhibidas.
Pero peor aún, nuestros niños y jóvenes tienen serias dificultades para poder desarrollar sus talentos artísticos y estudiar, pues nuestras escuelas públicas de arte tienen grandísimas limitaciones de presupuesto y por ende pobre oferta.
Causa dolor visitar cualquier museo, teatro o centro histórico de muchos países de nuestra América Latina, y ver los niveles de cuidado e inversión muy superiores a los nuestros que tienen, y que nada justifica que no podamos tener nosotros también.
Para ser la capital americana de la cultura no basta una declaración oficial, hace falta que tomemos conciencia de la necesidad de invertir en promover la cultura y en cuidar nuestro patrimonio de manera continua, para que podamos exhibirlo con orgullo a nuestros visitantes y mantenerlo para las futuras generaciones.
Marisol Vicens Bello es abogada
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