El terremoto acontecido en Haití la semana pasada ha devastado esa empobrecida nación, pero también ha desnudado a los ojos del mundo la tragedia humana no sólo provocada por el sismo, sino la que se vivía en ese país antes de que éste ocurriera.
La solidaridad de la República Dominicana y la comunidad internacional se ha manifestado grandemente, y probablemente fondos y donaciones no faltarán, pero lo que sí hará falta es una estrategia definida y una plataforma estructurada para ejecutarla.
Antes de los grandes daños provocados por el terremoto, Haití era considerado como un Estado fallido con instituciones colapsadas, autoridades muy débiles e incapacidad casi absoluta de su sociedad de llegar a acuerdos para solucionar sus graves problemas.
Las acciones de las grandes potencias en las últimas dos décadas, prácticamente, de nada sirvieron para rescatar esa nación, mientras se hacía dueña de ella la corrupción, el vandalismo y el narcotráfico.
Para muchos era más fácil vestirse de ONG y simplemente intentar echar la culpa de la desgracia haitiana a nuestro también pobre país, sin medir el peso de la carga que la proximidad geográfica e histórica nos impuso, ni juzgar el fracaso de los propios organismos internacionales y las grandes potencias en reencauzar al Estado haitiano.
Debemos entender que si antes resultó difícil solucionar el caso haitiano, más difícil lo es ahora, pues lo poco que había está severamente disminuido. Paradójicamente, esta aciaga circunstancia podría servir como una oportunidad no sólo para Haití sino también para nuestro país, ya que nuestros destinos están inexorablemente vinculados.
Sin embargo, no se puede perder de vista que lo que no permitió antes la solución podría también impedirla en el presente, y es la indispensable voluntad de la nación haitiana para operar el cambio, ya que por precaria que sea su situación, Haití es una nación soberana, y la ayuda de la comunidad internacional sólo podrá ser exitosa si se logra articular al amparo de los organismos internacionales un plan que el pueblo haitiano sea capaz de asumir o al menos aceptar como suyo.
La reconstrucción física, aunque es un gran reto, sería la parte más fácil.
Existen recursos y, sin lugar a dudas, esto facilitaría muchas otras cosas, como ocupar a una población desposeída que deambula por las calles.
Lo más difícil será instaurar niveles mínimos de institucionalidad que doten al Estado de cierta funcionalidad que permita la reconstrucción y transformación del país.
Esto no se logra con donaciones ni buenos deseos, tampoco mediante imposiciones ni intervenciones que podrían hacer más daño que bien. Requiere de tiempo y de una decidida voluntad que no sabemos si los hermanos haitianos serán capaces de tener.
Lamentablemente, los mismos que se aprovecharon de la desgracia haitiana para lucrarse con negocios ilícitos serán los grandes obstructores de esta necesaria tarea que forzosamente tendrá que desmontar sus redes.
Ojalá que el fuerte llamado de la naturaleza sirva no sólo para exponer al mundo la penosa situación de Haití sino para que todos entendamos que la anhelada solución del drama haitiano tiene que empezar por la voluntad de su pueblo por alcanzarla. No se puede reinventar Haití sin contar con los haitianos.
Marisol Vicens Bello es abogada
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