Preguntó mi hijo Francisco, ¿quién fue Desiderio Arias? Respondí: Desiderio Arias fue un cobarde que privaba en guapo y quien cuando enfrentó a enemigo militarmente capaz, salió juyendo como la jond´el diablo.
Desiderio fue de profesión revolucionario, de revueltas disfrazadas de nacionalismo, azote de revolucionarios y contrarrevolucionarios a conveniencia, ocupado, como los demás caudillos antihistóricos, en producir y conducir un proceso de destrucción institucional, o cuando menos de impedir, con efectivas acciones retardatorias, la construcción de la nación dominicana.
Perteneció “el hombre de valor que busca la paz pero con honor” a la clase de autoproclamados generales, dueños y señores de territorios, vidas y familias, como también lo fueron Bencosme en Villa Trina, Julio Rodríguez García en Jamao, Demetrio Rodríguez en la Línea Noroeste, Piro Estrella en Santiago y muchos otros más. Cross Beras habla de acciones de complementaridad entre el caudillo y la familia dominicana en una relación simbiótica que define para explicar el clientelismo del liderazgo dominicano.
Para mí, sin embargo, se trata de una relación de explotación inmisericorde sostenida por los caudillos para con la familia rural y la marginal urbana de quienes los generales de pacotilla recibían alimentos, hombres y albergue para conducir sus guerritas de conveniencia mientras aquellos solo tenían costos, contabilizados como esposos, hijos, hijas, hermanos, primos, amigos, ganado, cosechas, falta de sueño, miseria y lágrimas.
El caudillo aprovechó la autarquía de la sociedad rural y la marginalidad urbana para hacerse percibir como vehículo de incorporación de éstas a la sociedad más grande, mientras compartían con ellos el botín guerrillero sin temer la acción judicial. De la ubicuidad del cacique expresa José Ramón López: «Había caudillejos en todas partes, de todos los tamaños y de todas las calañas.
El caciquismo era la organización política imperante. En la Sección Rural había un caudillo gobernante y un caudillo de oposición o de revolución. En las ciudades, cada barrio disfrutaba de la sabrosona bienaventuranza de dos o más caciques más o menos brutos y engreídos.
Representantes de la ignorancia económica y sociológica, eran tanto más caciques cuanto más bestiales. Romper esa relación de dependencia forzosa costó mucha sangre dominicana y fueron primero los invasores gringos quienes quitaron efectividad a las guerras caudillistas. Pero pervivieron suficientes de éstos como para tocarle a Trujillo el crédito de su eliminación definitiva.
Así Trujillo entregó, con asesinatos, paz al campo. Hizo percibir a la familia campesina que estaba compuesta de hombres de trabajo.
La conquistó con el mensaje de que eran sus mejores amigos. Es el único mérito de Trujillo que tiene dimensión histórica, aun a pesar de la sangre vertida.
Marcos Taveras es consultor empresarial
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