Hoy presento el relato de la batalla que originó el mito con las palabras de Washington Irving, contenidas en su biografía del descubridor que tituló “Vida y Viajes de Cristóbal Colón” (p. 106). Salió Colón desde la Isabela dispuesto a terminar de una vez y para siempre la creciente belicosidad con que los indios habían respondido a la captura de Caonabo.
“Colón se acercó al enemigo por las inmediaciones del sitio donde se edificó después la ciudad de Santiago. Habiendo averiguado la mucha fuerza de los indios, aconsejó D. Bartolomé que se dividiese en destacamentos el pequeño ejército, y que se atacase á un mismo tiempo por varios puntos. Adoptóse este plan; la infantería dividida en varias columnas avanzó repentinamente y en diversas direcciones con mucho estruendo de tambores y trompetas, y una destructiva descarga de armas de fuego, cobijándose al mismo tiempo con los árboles.
Sobrecogió á los indios un terror pánico, y se dispersaron como avispas en el aire. Parecía acometerles un ejército por cada flanco; las balas de los arcabuces hacian morder la tierra á muchos guerreros, y relampagueaban, al parecer, por las selvas los rayos del cielo, retumando en ellas espantosos truenos. Mientras los aterraban y ponian en fuga estos ataque, Alonso de Ojeda cargó impetuosamente el centro del ejército á la cabeza de su caballería, penetrando con lanza y sable por entre los indios. Los caballos atropellaban á los desnudos y amedrentados combatientes, en tanto que los caballeros herían por todos lados sin oposición.
Los perros de presa se soltaron, y precipitándose sobre los salvajes con sanguinaria furia, les asian de la garganta, los derribaban, los arrastraban, y les hacian pedazos. Los indios, no acostumbrados a grandes cuadrúpedos de ninguna especie, se horrorizaban al verse perseguidos por aquellos tan feroces.
Creían que los caballos eran también devoradores y sanguinarios. La contienda, si tal puede llamarse, fué de corta duración. ¿Qué resistencia podía oponer una multitud desnuda, tímida, exenta de disciplina, sin más armas que clavas, flechas y dardos de madera, á soldados cubiertos de acero; provistos de armas de hierro y fuego, y ayudados por monstruos feroces, cuya sola presencia cubría de terror el corazón de los más fuertes?”.
“Los indios se dispersaron con lamentos y alaridos: algunos trepaban á las cimas de rocas y precipicios, y desde allí exhalaban lastimeros ayes, y hacían humildes súplicas y ofrecimientos de absoluta sumisión, muchos fueron muertos, otros hechos prisioneros, y la confederación quedó por entónces completamente disuelta.”
“Guacanagarí había acompañado á los españoles al campo, según su promesa; pero apénas fue mas que espectador de esta batalla ó mas bien derrota...”.
Marcos Taveras es consultor empresarial
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