Desde que vive en sociedad organizada tras el comunismo ingenuo tribal, ha buscado el hombre deshacer las ataduras que las normas sociales le han impuesto en guerras de todo tipo fundadas en ideologías que persiguen devolver derechos conculcados o condicionados.
Así libertad de mudanza, tránsito, propiedad, fe, expresión, opinión, comercio, acceso al conocimiento, al bienestar, a la salud, la jubilación, la diversión, la tecnología, igualdad de oportunidades, de trato, de empleo...
Lucha de débiles contra poderosos, de David contra Goliat, siempre con triunfo del débil que destruye la hegemonía del poderoso para encontrar nuevo poder que adormece entregándole el objeto de su lucha. Poder que domina el factor vital y diseña e impone en la nueva sociedad los alcances del derecho a quienes lo elevaron al poder.
Queda rezago en la conquista de la igualdad, expresada en guerras calientes y activas, o en guerras frías, de colusiones regionales e ideológicas con poderosos que procuran impedir al débil exhibir igualdad de agresión, disuasión o extensión.
La nueva lucha sin fronteras se libra entre quienes lograron que la legislación les incluyera derechos que antes eran universales, a menos que dictaduras impidieran su ejercicio. El derecho a usar la propiedad adquirida como mejor convenga al comprador tiene ahora insalvables limitaciones.
El celular que adquiere solo da acceso a un operador telefónico que lo convierte en cliente cautivo.
Es truco que limita la competencia, mantiene precios artificialmente altos y entrega al explotador enorme plusvalía. En verdad, usted no es dueño del teléfono. Es propiedad del operador.
La computadora suya incluye un sistema operativo (SO) con precio de mercado de cientos de dólares, pero si usted trata de comprarla sin éste, recibirá un descuento de talvez diez dólares. El diseñador del SO lo vende al productor de computadoras por cerca de dos dólares por unidad. La razón es simple, convertirlo en cliente cautivo.
Si usted compra una película solo tiene derecho a usarla en el reproductor de su casa. No puede copiarla para regalarla a un amigo, porque eso infringiría la ley de exclusividad que tiene como meta otorgar beneficios pecuniarios al productor cada vez que se vea.
Si desea usted ver un canal que le llega por el éter o la Internet, podría impedírsele su sintonía a través de controles electrónicos, para que emisores lo puedan vender a operadores de cables o repetidoras de señales, limitando su derecho a usar la capacidad diseñada de su sistema, promoviéndose la existencia de empresas parásitas que incrementan los beneficios de los emisores, siempre en países ricos.
Así no, amigo.
Hay que luchar porque el planeta tenga mejor equidad para todos. Apoyemos a Wikileaks.
Marcos Taveras es consultor empresarial
Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots. Es necesario activar Javascript para visualizarla
Comentarios (0)