El cuento del campesino cibaeño que en busca de mejores oportunidades cruza la cordillera y es obsequiado con una jarra de agua y guiso de maíz que engulle rápidamente para luego escuchar de su interlocutora la expresión “¿uté quiere ma' mái?”, a quien responde “bueno... si no jase daño con ei mají”, sirve para mejor comprender el objeto de la semiótica, que procura establecer los mecanismos de correspondencia de significado entre un emisor y un receptor o entre la idea y su representación simbólica.
Al escribir la frase --semiótica de los fonemas-- me refiero a la correspondencia entre los fonemas y los signos ortográficos que los representan, por supuesto, en el idioma castellano.
Desde siempre los lingüistas han informado que entre sus propósitos se encuentra la correspondencia fonética de la palabra hablada con la escrita y, desde la escuela primaria, se nos inculca que el castellano es uno o el único lenguaje que se lee como se escribe.
Así, creyentes de tal ideología, vamos por el mundo sin darnos cuenta de que nuestro alfabeto contiene letras que corresponden a más de un fonema (g, c), o no tienen correspondencia fonética (h), o tienen correspondencia fonética condicionada (u después de g, q seguida de e, i); además, hay fonemas cuya correspondencia ortográfica es múltiple (c-z, g-j, i-y, c-k-q).
Son características que deberían llamar la atención de los expertos del castellano porque son fuente al menos parcial de la creciente mala ortografía del estudiantado mundial que aprende mediante el uso de nuestro lenguaje.
Resolver tal falta de correspondencia entre ortografía y fonemas pudo haberse constituido en primera etapa para la unificación del castellano, en vez de la simple eliminación de las letras dobles del catálogo de signos ortográficos, y otras sutilezas, aunque sí se mantiene la correspondencia entre letras dobles con la fonética tradicional.
Púdose tomar como principio que entre fonemas y signo ortográfico debería existir una correspondencia biunívoca y excluyente, principio muy común a las ciencias.
Eso obligaría a elegir un signo y solo uno para escribir cada fonema, lo cual obligaría a cambiar las letras dobles por un nuevo signo para representar los fonemas, por ejemplo la ch por h y la ll por y, mientras la conjunción y solo podría escribirse i. Tendría asimismo que elegirse un signo y solo uno para cada uno de los fonemas con ortografía múltiple.
Al final debería tenerse un catálogo de signos fonéticos donde cada uno correspondiese a un único fonema.
Este tipo de evaluación analítica de seguro habría de producir la eliminación de algunas letras, pero al final simplificaría la escritura del castellano haciendo poco posible la comisión de pecados ortográficos.
Marcos Taveras es consultor empresarial
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