En 1974, Gunnar Myrdal, por su segundo estudio sobre la pobreza, realizado en Asia Sudoriental, recibió el Nobel de Economía por "El drama asiático", que muestra al desarrollo social y económico pendiente del recurso humano, mediante una relación simbiótica de éste con los demás factores, tal que rompe el círculo vicioso de la pobreza o condena la sociedad a eterno sufrimiento económico.
La preponderancia de la educación como factor de desarrollo ha sido harto demostrada durante los últimos 50 años por Israel, Indonesia, España, Corea, Tailandia, Taiwán, India y China. Estas naciones han logrado elevar sus estadísticas de escolaridad y educación superior, transformar sus economías, mediante el acopio de recursos financieros a través de sus exportaciones, posible por la competitividad de sus bienes en el mercado mundial, que generan excedentes vitales para la transformación de sus sectores económicos.
Taiwán, territorio menor que el nuestro, exhibía en 1961 estadísticas económicas similares a las nuestras.
Hoy es nación de avanzada que compite en el mercado tecnológico mundial, con enormes reservas monetarias acumuladas, mientras aquí todo sigue igual a pesar de pretender emularla, talvez porque nuestras inversiones y nuestro esfuerzo han estado mal orientados, lo que se evidencia por no entregarnos el instrumento principal, una sociedad con suficientes profesionales de calidad de la ciencia, la tecnología y las matemáticas en los diferentes niveles, y porque nuestros líderes políticos han centrado su aporte en presionar al Gobierno para que entregue a Educación un porcentaje del presupuesto de monto insuficiente para transformar al sector educativo.
Andy Dauhajre, brillante economista dominicano, publicó esta semana en El Caribe, "Fotografía de la educación" que habla del desempeño del estudiante de la educación pública dominicana, en relación con el de otras naciones, reportado en diversos estudios de organismos multilaterales.
Nuestros estudiantes simplemente obtuvieron calificaciones desastrosas, siempre entre las peores del mundo, que muestra el fracaso de nuestro sistema, el inadecuado nivel de inversión, la insuficiencia de las metas proyectadas, del horario de estudios y de los recursos periféricos, responsables de producir profesionales y técnicos con la capacidad que debe esperarse del estudiante actual para enfrentar con ventajas el accionar de la competencia externa. Nada ha funcionado, a pesar de los cambios para mejorar la educación pública, la aparente buena voluntad de las autoridades y los programas de mejoramiento del personal docente y administrativo.
Lo único que puede expresarse con seguridad es que nuestra posición relativa en torno a la educación pública nunca ha estado en tan bajo sitial como hoy día. Debemos saber qué no funciona. Indagar lo sucedido e iniciar una transformación radical del sistema poniendo como objetivo primordial mejorar nuestra competitividad futura en el mercado mundial.
Marcos Taveras es consultor empresarial
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