Mucho me gustaría darme cuenta en algún momento de que las palabras pronunciadas por el jefe de la Policía Nacional, mayor general Guillermo Guzmán Fermín, la semana pasada, reflejen la percepción del dominicano sobre el tema que abordó cuando dio por terminada la inseguridad ciudadana, la criminalidad y la delincuencia calificándolas como “cosas del pasado”.
Soy optimista, y me complazco en hacer llamados de atención a quienes no lo son, especialmente a los que siempre se quejan del estado de cosas y de las actitudes de los jóvenes de hoy día, como en general han criticado al presente y a la juventud los de generaciones anteriores.
Pero no. No puedo pretender en nombre del optimismo ni siquiera calificar de correctas esas palabras que parece buscan vestir de gala una gestión cuestionada por muchos desde el inicio, aunque otros mantuvimos la esperanza de que al final de su gestión la inseguridad, la delincuencia y la criminalidad fuesen cosas del pasado.
No llevo estadísticas sobre la incidencia de esos tres males en la República Dominicana. Pero sí recuerdos de cuando podíamos dormir con las ventanas abiertas, caminar desde Ciudad Nueva hasta los cines al aire libre que ofrecían triple cartelera en la zona alta de la ciudad para retornar caminando después de las doce de la medianoche, sin el temor de ser asaltados. Componíamos una sociedad de una baja incidencia criminal.
A partir de 1961, cuando se multiplicaron los asesinos pagados, que entre otros incluían los paleros, es mi observación que la incidencia de esos males continuó hasta que se convirtió en epidemia nacional, y de ésta en una verdadera pandemia que no respeta sectores, ni zonas geográficas, ni clases sociales, ni instituciones, ni encumbramiento económico.
Todo está criminalizado, y lo peor es que en todas partes y zonas y sectores y clases hay víctimas y victimarios, especialmente en la misma Policía Nacional.
Probar que un policía de cualquier rango sea culpable de alguna acción criminal es asunto de la justicia. Pero la participación de miembros de la policía en tales actos es tan numerosa, frecuente y pública, que no se necesitan elementos probatorios para demostrar su involucramiento en acciones delincuenciales y criminales.
Reconozco que el mayor general Rafael Guillermo Guzmán Fermín se ha ocupado de separar de las filas de la PN a quienes delinquen. Por eso tengo la esperanza de que pueda algún día decir con apego a la verdad que la inseguridad ciudadana, la criminalidad y la delincuencia, causada por la Policía, es cosa del pasado.
De ahí a dedicar la Policía todo su esfuerzo en procura de que esa sea la percepción del ciudadano hay poco trecho.
Marcos Taveras es consultor empresarial
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