El sábado pasado escribí sobre la Policía Nacional, tema que esperaba se pusiera caliente. Y como esperaba, se puso, pero contrariando mi opinión. Tengo que decirlo otra vez.
Señores actores de la tragicomedia nacional.
No es solución al inadecuado comportamiento de los policías que el Gobierno busque consenso para ejecutar cambios de estructura o de estamentos legales y administrativos para la institución, porque ese no es el problema.
En verdad son tres los gravísimos problemas de la Policía Nacional.
El primero es que es nacional. Que sea nacional le entrega poder absoluto sobre todo nuestro territorio a una jefatura cuyos recursos de coerción nunca han sido utilizados para ejecutar con sometimiento al Poder Judicial las funciones de prevención y persecución criminal.
En vez, actúa como superestructura dictatorial dominicana. La institución debería descentralizarse en cuerpos no dependientes jerárquicamente.
El segundo grave problema tiene que ver con su esquema y organización militarista que la hace dependiente ideológica u organizativamente de una entidad cuyo objeto es la defensa del territorio nacional de ataques externos, lo que la ha llevado a sectorizar sus preferencias de persecución de la criminalidad y a definir y perseguir faltas que no le incumben.
El tercer gran problema es su degradación como institución social porque sus oficiales y cuadros han preferido abordar prioritariamente y ejercer con corrupción sus funciones al servicio de empresas ilegales o creándolas para conseguir prebendas personales.
Ninguno de esos horrendos problemas puede solucionarse con acuerdos de aposento ni con declaraciones de respaldo a programas de unidad sobre reformas administrativas o por la presentación a los organismos legislativos de piezas para cambiar las leyes vigentes. No, señores. Esos problemas han generado actuaciones criminales que ahora nos escandalizan a todos.
A todos los hombres y mujeres dominicanas, a las instituciones y organizaciones, a los diferentes sectores de la vida nacional y hasta a los tradicionales instrumentos de poder.
No son sino sus actuaciones criminales y de complicidad con las empresas ilegales lo que ha entregado el auge de la más desenfrenada criminalidad que la República Dominicana ha conocido en su historia republicana. Los jerarcas policiales saben que la calidad de su actuación se mide en términos estadísticos con cifras, y cambios en indicadores, de enfrentamientos, caídos en combate, sospechosos arrestados, sometidos a la justicia y fugados recapturados, entre otras. Conseguir números convenientes no es cosa de otro mundo, mucho menos lograr su publicación en primera plana de los periódicos nacionales.
El cambio debería iniciarse de inmediato para eliminar desde el más encumbrado jefe hasta el de menos importancia jerárquica. La Policía Nacional que tenemos no debe seguir. Hay que ensamblar una nueva que la sustituya.
Marcos Taveras es consultor empresarial
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