Durante los últimos años, cada vez más alarmantes, hemos sido sorprendidos por noticias sobre el involucramiento de importantes personajes por sus desempeños en la sociedad o por sus calidades como guardianes del orden social, y por la sospecha de que también formen parte del grupo algunos de los administradores de la cosa pública.
Estoy seguro de que cuando los medios nos la traigan, la noticia no habrá de sorprendernos.
Será vista como el natural desenvolvimiento de una sinfonía de desesperanzas que hemos estado escuchando durante más tiempo que el que nuestras virtudes pueden resistir.
Como padre de esta época que no puede sólo hacerse cargo de los gastos familiares que exige de la madre salir a completar el sustento del hogar, ve uno muy oscuro el panorama social del futuro para los hijos, cuando el presente se percibe como una carrera desenfrenada hacia el enriquecimiento irrestricto, sin que medie en la persecución consideración alguna de la moral.
Cuando una sociedad llega a la etapa en la que los hombres y mujeres no tienen en quien creer, se inicia el proceso de su anarquización, concomitantemente se produce de inmediato una descomposición acelerada de las instituciones sociales, que desemboca en su destrucción por guerras intestinas.
Hay en este momento naciones que caminan ese rumbo, cuyo producto principal es la muerte, el desarraigo, el hambre y la pérdida de la nacionalidad. La armonía social y el desarrollo perdidos dan paso irremisiblemente a la intervención extranjera y al parasitismo económico.
La República Dominicana no ha llegado al extremo descrito en el párrafo anterior.
Pero si no ponemos coto al tipo de relaciones criminales que está produciendo el afán de hacerse de riquezas, pronto llegará el momento de que empecemos a descreer en la capacidad de los líderes para dirigir los destinos de la nación, pues ya hace tiempo que dudamos de las intenciones de los legisladores, de los miembros de los cabildos y de los políticos; cuestionamos la honestidad de los administradores públicos, la solidaridad de los empresarios y la información que proviene de los sectores público y privado del país.
Pocos líderes conservan todavía credibilidad pública. Son quienes han elevado su voz para denunciar graves acontecimientos y la decadencia institucional de organismos del Estado por causa de las acciones criminales de sus miembros, algunos mientras ocupaban posiciones de principalía en éstos.
Creo que solo puede evitarse el derrumbe si los señores líderes de los poderes del Estado empiezan a actuar de concierto para pararlo y recomponer la confianza de la nación que la mayoría de ellos y sus instituciones han perdido.
Marcos R. Taveras es consultor privado
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