Había una vez un pueblo muy ignorante, con una sociedad urbana de gente de arriba y gente de abajo, y con otra sociedad rural de hateros y campesinos autárquicos.
Urbanos y rurales sostenían escasos intercambios excepto durante revueltas, revoluciones y guerras, cuando seguían algún líder que sostenía sus propias milicias. A todos unía la lucha por la libertad y la soberanía.
A pesar de ser pobre, ese pueblo mantenía un código ético que se podría definir como el paradigma de hombre serio, hombre de palabra, que hacía superflua la necesidad de firmar documento cuando se llegaba a un acuerdo: bastaba empeñar la palabra con un apretón de manos.
También se lograban financiamientos con vale firmado con una cruz.
Este arreglo social continuó durante siglos hasta cuando se produjo la decapitación de los liderazgos locales y sus milicias fueron sustituidas por la guardia nacional. Aun así, las costumbres y los valores de la sociedad permanecieron.
Recuerdo hace ya más de sesenta años, mientras vivía en Estancia Nueva, Moca, con mis abuelos, salíamos hacia la escuela a las 6:30 a.m., regresando alrededor de la 1:00 p.m.
Almorzaba con mis abuelos, mis tías y mi tío y luego venía la sobremesa en la que cada cual contaba sus vivencias o buscaba o daba consejo u opinión, mientras se brindaba café y un postre.
Después sacábamos apuntes, libros, cuadernos y lápices y nos disponíamos a estudiar y a hacer las tareas, mientras la abuela retornaba a sus deberes hogareños y el abuelo regresaba al surco a dirigir su equipo.
En la noche nos sentábamos en un secadero de la finca donde también se reunían los demás muchachos del vecindario a oír los cuentos tradicionales de nuestra cultura de la boca de los trabajadores más ancianos.
A veces mi abuelo nos prestaba una victrola de “manigueta”, y discos, para que algunas de las mejor educadas de las mujeres del vecindario nos enseñasen a bailar el vals, la polka, el tango y, por supuesto, la música criolla que a todos gustaba.
Eran épocas en que se podía viajar sin custodia y dormir con las ventanas abiertas.
También era época en que los hombres del vecindario asumían el derecho de hacer llamado de atención a cualquier menor del entorno, y los niños percibíamos bien la autoridad del adulto para hacernos entrar en razón.
Ahora no sabemos quiénes son nuestros vecinos, ni de dónde provienen, ni cuáles son sus gustos, ni sus costumbres.
Ahora todos somos extraños, en un mundo extraño de costumbres, extraño de valores, extraño de creencias, extraño de bondad, extraño de solidaridad.
Marcos R. Taveras es consultor privado
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