Ayer en la mañana, preparándome para ir a mi trabajo, escuché varios disparos. No reaccioné, quizás porque el flujo continuo de hechos negativos hace que perdamos progresivamente la capacidad de asombro. Después me enteré que al doblar de la esquina habían asesinado a alguien que caminaba por la calle Manuel de Jesús Troncoso.
La primera reacción de mi esposa Elizabeth fue: por esta calle camina Keila Margarita (nuestra hija de 15 años), voy a prohibirle que salga sola. Le respondí que sería exagerado impedirle que transite por el barrio. Pero así están las cosas en nuestra ciudad. Hace siete años, cuando me mudé a mi apartamento, los asesinatos y asaltos eran noticias en los diarios, porque ocurrían en lugares alejados del centro, principalmente en horas de la noche. Ahora escuchamos los disparos de día desde nuestras habitaciones.
El asesinato de Lisandro González, identificado en los medios digitales como ejecutivo de una empresa que tiene sede en el sector, ocurrió en nuestra cuadra, en la Manuel de Jesús Troncoso, entre las calles Víctor Garrido y Roberto Pastoriza, en Piantini, en el corazón del polígono central, hogar de las élites. A corta distancia de las oficinas principales del BanReservas, el Scotiabank, Banco BHD, de Blue Mall, Acrópolis, etc. A una cuadra de la Winston Churchill y a tres de la 27 de Febrero, las avenidas principales de la capital del país.
Alarma. El pasado 1 de septiembre, a 50 metros del asesinato, en la misma Manuel de Jesús Troncoso, un comerciante francés enfrentó un intento de asalto y al atacante se le encasquilló el arma y él sacó la suya y pudo matarlo. Cuando el crimen salta de la crónica roja a la esquina de tu casa, te comienzan a cambiar tu cotidianidad y consumes mucha energía vital en resistirte a entregar tu vida al miedo.
Quienes vivimos esta experiencia comprendemos a los ciudadanos atemorizados a quienes el miedo asaltó sus vidas. Soy de los que se resisten a entregarse al miedo, pero confieso que el clima de inseguridad me ha obligado a cambios importantes e incómodos en mi comportamiento diario.
Quienes vivimos esta experiencia -tomen nota los políticos y voceros- somos los que reaccionamos con rabia cuando escuchamos las estúpidas explicaciones atribuyendo este deterioro al narcotráfico, al Código Procesal Penal, a los jueces irresponsables o a una conspiración de la oposición; opiniones con las que quieren esconder el colapso de una Policía corrompida que se resiste a ser transformada. La fiebre no está en la sábana.
El autor es periodista
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