Lo que está haciendo Altagracita Paulino desde Pro-Consumidor para adecentar el negocio del gas licuado de petróleo es muy importante. Ella es una mujer con temple de acero, puesto a prueba en escenarios más difíciles que un departamento en la burocracia del Estado, y está mostrando que a ella le sobra lo que tanto falta a muchos de sus compañeros de Gobierno, que es la voluntad para resolver los asuntos a su cargo.
Esto es muy importante porque durante décadas hemos pagado un alto sobreprecio en la compra del gas licuado, aportando miles de millones de pesos en ganancia sucia a muchos de los que participan en la distribución de este artículo de primerísima necesidad.
Cuando comencé a trabajar en el desaparecido diario El Sol en 1977 como reportero de investigación, mi primera serie periodística la dediqué a develar la gran estafa del gas. Aprendí los secretos de la comercialización de este producto a partir de 1969 cuando llegué a la capital para estudiar en la UASD. Mi amigo-hermano Mario Julio Acevedo era gerente de mercadeo de uno de los tres grandes mayoristas que existían en ese momento y después fue gerente de una empresa de venta al detalle instalada en Alma Rosa, cuando allí terminaba la ciudad.
Esta empresa como todos los detallistas tenía problemas porque compraban el combustible por galones y lo vendían por libra. El volumen del gas es variable (a más temperatura mayor volumen) pero el peso es constante. Existe una fórmula para compensar las variables peso/volumen, pero no se aplicaba. Para no tener faltante, los detallistas estaban obligados a robar a los consumidores que nunca recibían las 100 libras que compraban.
Pero había otra gran estafa. Como se vendía por libra, el tanque tenía marcado en su parte superior el peso vacío. Si marcaba 90 libras de peso vacío, cuando se echaba el gas y la balanza marcaba 190 libras, debía tener 90 del peso del tanque y 100 de gas licuado. Pero con el peso del tanque alterado, indicando que pesaba 10 libras menos de las reales, cuando la balanza marcaba 190 libras, tenía 100 de tanque y sólo 90 de gas.
Para demostrar esta gran estafa con la que el consumidor perdía por lo menos el 10% del combustible pagado, compré10 tanques vacíos de diferentes marcas de gas, los pesé y todos tenían más de 10 libras de las indicadas en su parte superior. Escribí mi serie en El Sol, pero no pasó nada. Los consumidores siguieron perdiendo mucho más del 10% de su compra. Confío en que esta vez Altagracita triunfará y los consumidores recibiremos el gas que pagamos. Apoyemos su cruzada.
Manuel Quiterio Cedeño es periodista
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